lunes, 23 de abril de 2012

El diario

Maridaje musical: Car Crash (Michael Nyman) (Enlace Youtube)


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Desenvolvió el regalo con nerviosismo simulado. Era el enésimo paquete al que desgarraba su vestimenta de vivos colores. Sobre la mesa auxiliar que se mantenía firme a su lado, descansaban los presentes desnudados con anterioridad. Relojes, rosarios, medallas y algún que otro libro, formaban una especie de bazar de objetos que le suscitaban escaso interés. En esta ocasión, lo que apareció tras el velo de papel fue un juego de escritura compuesto por una estilográfica y un bolígrafo, completado con una especie de cuaderno nacarado provisto de una pequeña abrazadera que lo mantenía cerrado.

-          “Es un diario” -  le dijo su madre – “Yo también recibí uno el día de mi primera comunión. Es muy antiguo aunque nunca haya sido estrenado.”

El chico lo adjuntó al montón al mismo tiempo que lanzaba un falso agradecimiento acompañado de una sonrisa forzada.

        Algún tiempo después, mientras hurgaba en los cajones de su mesita de noche buscando fotos para renovar el  carnet de la biblioteca juvenil, sus manos rozaron la cubierta de nácar y en un acto reflejo se cerraron como un cepo apresando el objeto, para mostrarlo a continuación cual preciado trofeo. Sonrió ante la inesperada reacción y abrió la diminuta presilla de forma inconsciente. Sin apenas darse cuenta se encontró escribiendo algunas frases en la primera página de su literaria cápsula del tiempo. De alguna manera, al redactar torpemente las vivencias del día, se convenció de que un diario mantenido de forma adecuada es una caja fuerte de sucesos, sentimientos y emociones pertenecientes al pasado; una celda que mantiene encerrados acontecimientos pretéritos susceptibles de ser revividos nuevamente con cada lectura futura. Pero para ello hay que ser muy preciso en las descripciones, cosechando hasta los mínimos detalles antes de almacenarlos ordenadamente en el silo, preparados para su consumo posterior. 

        Tras ese primer contacto se sucedieron otros. Cada día, al regresar del colegio, se metía en su habitación, cogía decididamente la pluma y reproducía fielmente en las blancas páginas los hechos acontecidos. Nació en él una obsesión que se desarrolló a gran velocidad: “Ser capaz de tener el diario completamente actualizado”. Pronto se dio cuenta de que si lo conseguía sería algo efímero, pues una vez alcanzado el presente éste quedaría convertido en pasado y por tanto debía ser añadido al interminable relato. Se conformó con poder sentir durante una milésima de segundo el placer de tener todo el pasado atrapado. Se aplicó en cuerpo y alma para lograr su gran reto. Sin embargo, por más que se esforzaba, plasmar pormenorizadamente en el diario una sola hora vivida, le llevaba más de sesenta minutos. Así pues, cuanto más engrosaba su redacción, mayor se hacía la pila de eventos a relatar y más lejos estaba de su obsesivo objetivo. Además, aunque escribía con gran rapidez, mientras lo hacía acaecían cosas a su alrededor que también tenían que ser descritas. Cualquier interrupción por parte de alguno de sus progenitores, movimiento en la calle observado a través de la ventana o mínimo suceso percibido por alguno de sus sentidos, había que retratarlo con palabras de manera exacta. Como defensa ante la situación, trató de aislarse de la realidad en la acertada idea de que aquello que no fuese advertido estaría exento de ser narrado. Se concentró exclusivamente en el acto de construir frases, palabra a palabra, mientras a su alrededor todo le resultaba transparente.

        Cuando su madre entró en la estancia al ver que no respondía a sus llamadas, lo encontró inmóvil, inclinado sobre el diario, con la pluma fuertemente cogida y en contacto con el papel. Estaba “desconectado”, convertido en una estatua de carne y hueso que sólo era capaz de realizar las funciones indispensables para mantenerse con vida. El diario estaba “soldado” a su mano y fue imposible extirpárselo. A duras penas, podía leerse la postrera frase: “…En este momento escribo la última palabra de mi diario.”

domingo, 15 de abril de 2012

Pasión ardiente



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Era más de media noche cuando entró en la capilla. No supuso ningún problema abrir el templo, ya que como Hermano Mayor de la cofradía tenía una copia de la llave. Encendió una veintena de velas y las colocó alrededor del Paso de Semana Santa que se alzaba majestuoso, ocupando prácticamente todo el volumen de la estancia. En menos de dos horas, la iglesia y sus alrededores se convertirían en un río de gente donde la multitud se agolparía para contemplar, un año más, el milagro que suponía que medio centenar de costaleros fuesen capaces de sacar sobre sus cervices tamaña escena de la Pasión de Jesús. Observando comparativamente la sagrada imagen y el dintel de la puerta de la capilla, cualquiera apostaría que era materialmente imposible la extracción. Año tras año el público se hacinaba afuera, defendiendo posiciones a base de empujones y algún que otro codazo, para ver a un grupo de jóvenes que literalmente reptaba una distancia de veinte metros transportando sobre el colectivo espinazo un cuadro de la Semana Santa compuesto por seis figuras; dos de ellas ecuestres. En primer plano estaba Pilatos, frente a un Nazareno con la espalda descubierta atado a dos gruesos postes de madera. Detrás, dos fornidos esclavos presentaban una actitud agresiva propinando alternativamente latigazos al dorso del Mesías. Ligeramente apartados, una pareja de Centuriones Romanos contemplaba la escena a lomos de sus enormes caballos alazanes.

                “Esta vez tendrás un verdadero sufrimiento”, murmuró el cofrade mientras colocaba el bidón de gasolina junto al pequeño altar del sagrado sitio. “Hoy llegó el momento de que pagues por todo el mal que me has hecho”. Se encaramó a la plataforma que sustentaba la escena y como un personaje más, fue rociando todas y cada una de las tallas de madera que daban vida a las figuras. Conforme iba vaciando el recipiente que contenía el inflamable líquido, se acrecentaba su ira al repasar todas las traiciones que había sufrido por obra y gracia del Santísimo. 

La primera fue con tan sólo doce años, cuando ejercía de monaguillo en la parroquia de su barrio. Una tarde, mientras se encontraba en la sacristía después de la última misa del día, un golpe de aire cerró la puerta y le fue imposible abrirla de nuevo. Pasó la noche sólo, aterrado y aterido de frío. A la mañana siguiente tuvieron que descerrajar la entrada para propiciar su salida. En otra ocasión, algunos años más tarde, una de las pétreas esculturas que presidían el pórtico de la iglesia se le cayó encima fracturándole tres vértebras y postrándolo en una silla de ruedas durante varios meses. Tras una larga rehabilitación volvió a caminar pero nunca más pudo correr. Como “buen cristiano” y convencido por su párroco, consideró que esos acontecimientos debían llenarle de júbilo y reforzar su amor al Señor, ya que le habían sobrevenido para poner a prueba su fidelidad y acabarían dando paso a tiempos de gran dicha. Así, también soportó estoicamente el fallecimiento de su madre al atragantarse con la Sagrada Forma tras comulgar, un Domingo de Resurrección.

Ingresó en la Hermandad y su compromiso incondicional le hizo ganarse la admiración de los cofrades, siendo propuesto para ocupar el cargo de Hermano Mayor. Aceptó entusiasmado, presintiendo el comienzo de los esperados momentos felices. Poco después conoció a una bella muchacha y tras un año de noviazgo se prometieron. La ceremonia nupcial se celebraría en la basílica escenario de sus desgracias, como prueba de la ausencia de rencor por su parte. En el día señalado, cuando el sacerdote que oficiaba la boda formuló la pregunta cuya tradicional respuesta es un “sí, quiero”, lo que surgió de la boca de su amada fue un “no puedo”, manifestando a continuación su deseo de ingresar como novicia en un convento. Humillado, dirigió su mirada hacia el Cristo crucificado que presidía el Altar Mayor y creyó ver en él una sonrisa burlona por haberle robado la novia. Entonces consideró que ya no pondría nunca más la “otra mejilla” y decidió vengarse de una vez por todas.

Observó por última vez la cara de sufrimiento del Nazareno y lanzó la botella de vidrio llena de combustible, de la que salía una lengua de trapo y fuego. Con un apagado estruendo, la eclesiástica sala quedó iluminada. Las llamas danzaban devorando ávidamente las siluetas de madera, llegando incluso a acariciar, como haciendo cosquillas, la bóveda de la pequeña capilla. Se regaló una última mirada de satisfacción y dio media vuelta para salir de allí. Justo en ese momento uno de los equinos junto con su propio jinete aterrizaron sobre sus torpes y adormecidas piernas y le dejaron inmóvil, boca abajo, a merced del fuego que él mismo había desatado. No intentó liberarse; sabía que sus esfuerzos serían baldíos. Consideró justo acabar así, reducido a cenizas al mismo tiempo que su “enemigo”, al que había servido fielmente durante gran parte de su vida.

Volvió en sí en la cama de un hospital, rodeado de amigos y familiares que recibieron su despertar con gran alegría. ¿Cómo era posible que se hubiese salvado? Le tendieron un periódico local en el que se desarrollaba la noticia: 

Un incendio había sido provocado por un desalmado que se habría colado en la iglesia en algún momento de la tarde, esperando hasta la noche para perpetrar su infernal acción. El descarriado individuo fue también responsable de haber salvado la vida del Hermano Mayor de la cofradía en una especie de arrepentimiento súbito. Sacando milagrosas fuerzas, lo había transportado a cuestas para ponerlo a salvo. Encontraron al pirómano agonizante a las puertas del templo; totalmente deformado como plástico fundido, arrastrando al Hermano Mayor que tenía fracturadas ambas piernas. En cuanto al Paso de Semana Santa, los daños eran importantes pero podría ser restaurado. En cualquier caso, la figura del Nazareno debía ser repuesta, pues había desaparecido misteriosamente sin dejar rastro ni siquiera en forma de cenizas.

Tras leer ávidamente  la descripción de los supuestos acontecimientos, supo con claridad que la verdadera historia se había desarrollado de manera distinta a lo narrado; que ningún familiar, amigo o conocido reclamaría el cadáver de su salvador y presunto pirómano, cuyo cuerpo nunca sería identificado y acabaría por se enterrado en la más estricta soledad. Era el día de Viernes Santo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Nairobi

Maridaje musical: "In Existence" (Beautiful world)

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El sudor comienza a aflorar en mi frente a modo de cálido y salado rocío sobre un tapiz cutáneo. Llevo apenas medio minuto de sprint bajo un tórrido sol y aún me quedan unos  ciento cincuenta metros para la meta. A mi alrededor se extiende una vasta llanura de herbáceo terreno, salpicada de árboles de un intenso verde clorofila. Mantengo cierta ventaja sobre mis felinos perseguidores pero no estoy seguro de poder alcanzar el objetivo final. Todo por mi empeño en captar una buena instantánea sobre el cortejo y apareamiento de dos leones en el seno de una manada de más de diez ejemplares. Siempre he sido un gran aficionado a la fotografía, lo que me ha provocado algunos problemas aunque ninguno de la magnitud de éste en el que me encuentro ahora. A medida que me acerco al Jeep desde el que mi esposa se desgañita para que yo no desfallezca, me doy cuenta de lo mucho que la amo y lo poco que la he respetado durante la mayor parte de nuestra vida en común. Mientras incremento la pedestre velocidad con renovados ánimos trato de pensar en las pretéritas vivencias que directa o indirectamente me han llevado a Nairobi.

      Confieso que nunca le he sido fiel a mi pareja hasta este último año. Desde que nos conocimos e iniciamos una relación, no he dejado de comportarme como un depredador sexual, tratando de seducir a cuantas mujeres atractivas me he encontrado. En cenas de trabajo, juergas con amigos o meses de verano en los que me encontraba de “rodríguez”, no he desaprovechado la oportunidad de salir de “cacería” con el objetivo de lograr una presa que llevarme al lecho. Además, siempre dejé constancia fotográfica de mis  “carnales trofeos” para mi deleite personal a posteriori. Curiosamente en estos momentos dos leonas, muy diferentes a las que yo acechaba en bares y discotecas, van devorando la distancia que me separa de ellas. Soy consciente de que mi actitud ha sido absolutamente despreciable. De todas formas, aunque parezca increíble, quiero a mi esposa; siempre la he querido. Hace poco más de un año, seguramente fruto de mi tardía madurez, decidí que no podía seguir poniendo en permanente riesgo mi vida sentimental. Dejé mi trabajo e invertí todos mis ahorros en un negocio de turismo y aventura en Nairobi, pensando que el cambio de aires nos iría bien. Destruí todas las imágenes acumuladas en mis tiempos de promiscuidad y comenzamos una nueva vida en Kenia. Nada más llegar me enteré de que el nombre “Nairobi” proviene de una frase masai que significa "el lugar de aguas frescas" y consideré que eso era un buen presagio. Viajé sólo en primera instancia para ir preparando el terreno: Inicio de los trámites de creación de la empresa, búsqueda del alojamiento adecuado…La frenética actividad y mi entusiasmo ante la fuerte apuesta realizada, me hicieron olvidar mi obsesión por el sexo fuera del matrimonio. Cuando sólo llevaba unos días en la ciudad conocí a Ayira: una preciosa mujer que me cautivó desde el primer instante. Ella me acompañó continuamente y constituyó mi tabla de salvación durante las semanas en las que estuve solo. Se convirtió para mí en una auténtica y verdadera amiga; ni más ni menos. 

      Antes de partir de vuelta en búsqueda de mi esposa, Ayira y yo decidimos que no podíamos mantener nuestra sana amistad. En la cena de despedida le conté mis antecedentes y me sinceré con ella como no lo había hecho nunca. Escuchó pacientemente todas mis confesiones y a continuación, a modo de absolución, me besó por primera y última vez. Luego nos sacamos una foto que posteriormente me dedicó y finalmente me dirigí al aeropuerto. Ese beso selló mis labios para féminas ajenas al matrimonio y supuso la cura definitiva de mi infidelidad compulsiva. 

      Sólo me quedan una decena de metros para llegar al vehículo. Estoy agotado pero la posibilidad de éxito me hace sacar fuerzas de flaqueza. Apenas me separan un par de zancadas de la más adelantada de las dos fieras que me persiguen. Me parece sentir su cálido aliento a la altura de mis pantorrillas y le grito a mi mujer para que se haga con la pistola de bengalas que siempre llevo en el parasol retráctil del todoterreno, con la esperanza de que un disparo frene el ímpetu de los felinos y me permita introducirme sano y salvo en el automóvil. La foto debió caerse al coger el arma. Alcanzo la manilla de la puerta justo en el preciso instante en el que mi amada esposa pulsa el botón que clausura herméticamente el habitáculo. El primer zarpazo me desgarra el glúteo. El mayor dolor me lo produce ver a mi cónyuge con los ojos inundados, apretando contra el cristal la fotografía en la que yo sonrío en compañía de Ayira. En el reverso, la dedicatoria supone la laceración de sus sentimientos al mismo tiempo que mis carnes. Mi último pensamiento es precisamente esa frase escrita meses atrás: “Por los maravillosos momentos vividos.  Ayira, Octubre 2011.”

viernes, 16 de marzo de 2012

Trasplantado

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La primera reacción fue de incredulidad. Estaba sentado a un lado de la mesa; tensamente tranquilo, como suele ser común en esas situaciones; los ojos fijos en su interlocutor; la mirada ligeramente seria pero afable. Del otro lado le llegaron las intranquilizadoras palabras, emanadas de la boca del galeno: “Lamento decirte que el nódulo es maligno. Me temo que es un cáncer.”

      Un mes antes, en el chequeo anual rutinario que el médico familiar le realizó, le comunicó que había un pequeño bulto en su  hígado. “No parece importante”, le dijo, “pero vamos a hacerte una biopsia para descartar males mayores”.  Le practicó las pruebas y resultó que “estaba servido” y no había descarte posible. Tan sólo un trasplante de urgencia podría darle alguna posibilidad de salvación.

      Ahora se encontraba en una encrucijada. Realmente, lo que menos le preocupaba era su enfermedad pues se sentía con ánimo y fuerzas para luchar. Pero, ¿Cómo comunicar su estado a la familia? ¿Cómo decirle a su esposa que le habían puesto fecha de caducidad, precisamente en estos momentos, estando ella embarazada de cinco meses? Para estas tareas le faltaba valor. Por una vez su constitución escuálida jugaba a su favor y evitaría que sus cercanos reparasen en su desmejorado aspecto, labrado a pasos agigantados. Se puso en manos del doctor y siguió pulcramente el tratamiento a base de sesiones de radioterapia y ensaladas de pastillas cuyos nombres no deseaba aprender. Sólo se sinceró con su mejor amigo. A él no se lo podía ocultar, máxime siendo toda una autoridad en materia de Investigación Genética. ¡Qué contrasentido! Tenía un colega experto en Genética y no era capaz de fabricarle un hígado nuevo en un par de meses para substituir la enorme “uva pasa” que últimamente realizaba sus funciones hepáticas. Sin embargo, la extrema gravedad de la situación hizo que su querido camarada se decidiese a retomar un viejo experimento que tenía congelado desde hacía un tiempo, debido a las enormes dificultades que implicaba llevarlo a cabo, amén de otras inconfesables cuestiones. Para ello era imprescindible obtener una muestra del líquido amniótico, placenta y quizá alguna célula del bebé que se estaba gestando en el vientre de su esposa. Después vendrían unas complejas tareas de ingeniería genética y un tratamiento con frecuentes inyecciones del producto sintetizado a partir de las muestras tomadas al feto. En un principio se mostró reacio pero fue convencido y accedió a administrarle un somnífero a su mujer, bajo cuyos efectos se realizó la extracción de las preciadas substancias.

      Durante los meses siguientes simultaneó ambos tratamientos con fidelidad; sin hacer preguntas, como quien juega con dos barajas con la esperanza de obtener una buena mano que le haga ganar la partida: Por un lado estaba el procedimiento “oficial” suministrado por su médico de cabecera, a la par que amigo de la familia. Por el otro, se sometía clandestinamente al experimento diseñado por su compadre del alma. Ni uno ni otro parecían surtir el efecto deseado y cada vez se sentía más débil y enfermo, hasta el punto de que ya le resultaba muy difícil aparentar normalidad delante de su familia. Sin embargo, mientras su médico se mostraba sincero y trataba de prepararlo para el inminente y fatal desenlace, su fiel amigo  derrochaba optimismo argumentando que todos los pasos teóricamente predichos se estaban cumpliendo escrupulosamente. Cuando la situación estaba a punto de tornarse insostenible, inventó un supuesto viaje de negocios para evitar sincerarse con su mujer. Tal vez estaba siendo egoísta, pero no quería pasar el mal trago que supondría la declaración de su cercana muerte a sus seres queridos. Había decidido dejar este mundo con la sola compañía de su colega de la infancia, a pesar de que éste trataba de animarlo diciéndole que el proceso experimental iba por buen camino.

      Una lluviosa mañana de abril el experto genetista, mientras le administraba una de las inyecciones, le pidió que le informase si finalmente el experimento resultaba exitoso. Como cobaya humano él sería el primero en darse cuenta, si todo funcionaba correctamente y tendría la responsabilidad de revelarlo u ocultarlo. Entre el delirio y los dolores, ni comprendía ni deseaba comprender lo que estaba escuchando. De hecho, en su agonía, no diferenciaba realidad de alucinación. Coincidiendo con una horrible punzada exhaló un profundo suspiro y cerró los ojos con el último latido de su corazón.

      Todo estaba oscuro. De pronto una pequeña ventana de claridad emergió más adelante. “Así que esta es la famosa sensación de encontrase en el interior de un túnel que se percibe durante el tránsito hacia la muerte”, pensó. Con gran esfuerzo se dirigió hacia la luz, reptando. Al llegar, alguien tiró de él con fuerza y se sintió elevado en el aire. No era capaz de ver nada; tan sólo distinguía una gran luminosidad. Le sorprendió una repentina sensación de resquemor en su glúteo y no pudo evitar un fuerte llanto. “Eso era…¡No puede ser! ¡Aún debo de estar alucinando!”, se dijo mentalmente. Pero sus sospechas parecían confirmarse cuando notó alrededor de su cuerpo un cálido abrazo, mientras la voz de su esposa trataba de tranquilizarlo llamándole “mi pequeñín.”

      Despertó con sensación de hambre y trató de hablar pero lo único que emitió fueron unos guturales sonidos. Mientras alguien lo levantaba de nuevo en volandas escuchó claramente la reveladora frase: “Cariño; ¡es precioso! La verdad es que todo lo planeado nos ha salido a pedir de boca”. Reconoció el tono vocal de su médico y comenzó a llorar como un bebé. Tenía por delante suficiente tiempo para pensar, planear y decidir. Recordó las últimas palabras que escuchó de su apreciado amigo y entonces las comprendió. También tendría que meditar sobre esa cuestión. Ahora, lo importante era desarrollarse convenientemente. Abrazó con sus labios el pezón que se le ofrecía y comenzó a succionar con fuerza.

viernes, 2 de marzo de 2012

Los tres mosqueteros

 
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Siempre he sido un cobarde y he buscado la protección en los más cercanos. Mi infancia está repleta de bellos momentos a pesar de que crecí en un Orfanato. No conocí a mis padres. El primer recuerdo que conservo es el de la agradable pradera que se podía ver desde la ventana del primer piso del edificio principal. Una verde llanura con una larga y sinuosa cicatriz labrada por el estrecho camino que llegaba desde la remota carretera. Al fondo, como un decorado propio de un montaje escénico, se recortaban afilados picos con níveas cimas desde Octubre a Mayo.

     Formábamos un trío inseparable. Nos hacíamos llamar “los tres mosqueteros”. Dos chicos y una bella muchacha siempre juntos. Ella era sin duda la líder del grupo; la más fuerte y decidida. Eligió el nombre de Aramis. Yo era Portos, el débil; siempre pesimista e indeciso. Atos era el cerebral, el ingenio, la pausa. Gracias a ellos crecí protegido por un cálido clima de alegría, repleto de diversión y risas. Teníamos nuestra guarida secreta en unas ruinas cercanas; en la base de la espigada chimenea perteneciente a una vieja tejera abandonada. Disponíamos de luz gracias a una lámpara de aceite que Atos había fabricado. Incluso creamos una contraseña secreta: “D’Artagnan”, imprescindible para poder acceder al cuartel general. Nuestras reuniones comenzaban y finalizaban con el susurro del nombre del cuarto mosquetero, como quien invoca a un espíritu para que se una al grupo. Todo nuestro tiempo libre lo empleábamos en dar rienda suelta a nuestra inmensa fantasía, que yo alimentaba con mis continuas ocurrencias surgidas de mi inagotable imaginación. Así fuimos cumpliendo años hasta llegar a la adolescencia. Entonces unos negros nubarrones se cernieron sobre nuestro férreo grupo debido a la imperativa norma que obligaba a separar chicos y chicas. Aramis sería trasladada a una residencia femenina hasta la mayoría de edad, quedándonos Atos y yo desamparados ante la desaparición de nuestra guía. Yo estaba desolado y no hacía más que llorar como un cobarde. Entonces Atos propuso una solución: “Escapémonos juntos; es la única manera de preservar nuestra cuadrilla”. Tenía toda la razón. Tardamos dos semanas en hacer acopio de comida y ropa para poder subsistir durante nuestro viaje sin retorno. Fuimos muy cautos y nadie reparó en los pequeños hurtos que cada día se iban produciendo en la cocina. Llegó el día señalado y preparamos las mochilas. Como nuestras habitaciones estaban en pabellones distintos, acordamos vernos de madrugada en nuestra sede secreta para partir juntos desde allí hacia lo desconocido. Yo me encontraba especialmente nervioso y Aramis lo sabía; por eso se presentó en mi habitación a eso de media noche. Tenía una belleza extrema, una hermosura que casi dolía. Trató de tranquilizarme acariciándome pelo y cara. Cuando sus delicados dedos rozaron mi boca supimos que estábamos hechos el uno para el otro. La unión de nuestros labios, en lo que constituyó mi primer beso, desató la pasión. Fue la primera y única vez en mi vida que hice verdaderamente el amor.

      Una hora más tarde, Aramis salió hacia su alcoba para recoger la mochila. Yo me quedé ultimando algunos detalles de mi equipaje. En un par de horas nos veríamos de nuevo en el escondite bajo la chimenea. De pronto comencé a sentir vértigo por las consecuencias que sin duda traería al grupo el acontecimiento desencadenado entre nosotros. La sensación de culpabilidad crecía de manera monstruosa y me devoraba por dentro. Una vez más, mi cobardía afloró con gran intensidad y me dejó completamente bloqueado. Permanecí durante toda la noche sentado en la cama, vestido, junto a la mochila, cual estatua de mármol. Al amanecer dieron la voz de alarma ante la desaparición de dos internos. Nunca los encontraron. Durante los tres años siguientes, que permanecí en el centro hasta alcanzar la mayoría de edad, jamás volví a acercarme siquiera a las ruinas que antaño visitábamos juntos a diario.

      Esta mañana, después de casi quince años desde la última vez que nos vimos, me he tropezado con Atos.  Creo que nuestros corazones se vieron antes y para cuando nuestras miradas se cruzaron ya estábamos fuertemente abrazados, llorando como niños. Los zurrones repletos de sentimientos que portábamos en el alma explotaron al unísono mientras las preguntas, explicaciones y narraciones interrumpidas por interminables abrazos se sucedían sin atisbo de fin. Fiel a mi cobardía, me abstuve de preguntarle por nuestra querida Aramis, pues no me sentía preparado para la respuesta. Fue él quien en un momento dado se atrevió a dar el paso: "¿Todavía continuáis juntos?", me dijo. La mueca de sorpresa que se formó en mi rostro le dejó atónito. Entonces me contó que aquella noche, cuando se levantó para acudir a la cita encontró una carta que había sido deslizada bajo su puerta. En ella Aramis le contaba lo sucedido un par de horas antes y le confesaba que era su intención partir sola conmigo para comenzar una vida en común. Lo mejor sería que él siguiese un camino distinto y no apareciese esa noche por el lugar de encuentro. Confiaba en que comprendiese la situación y le prometía que volveríamos a vernos algún día, cuando se cerrase la herida que en ese momento se abría debido a la súbita amputación que sufría el grupo, de la que ella se sentía responsable. Atos, con su talante tranquilo, esbozó una sonrisa y de alguna manera se sintió realmente feliz por nosotros. Aquella madrugada tomó un camino distinto, convencido de que Aramis y yo iniciábamos unidos una nueva etapa.

       Cuando fue mi turno y le conté entre sollozos mi parte, quedó desolado. Ambos tuvimos la sensación de haber deambulado a la deriva durante los últimos quince años. Finalmente volvíamos a estar juntos pero nos faltaba ella para sentirnos completos. Una vez más su capacidad de análisis y su poder de convicción venció a mi pesimismo, además de proponer una prometedora herramienta de búsqueda de nuestra líder. Nos dirigimos a mi casa y me animó para que entrase en mi perfil de facebook e iniciase la búsqueda.

-          ¿Qué nombre pongo?, inquirí.
-          Aramis, por supuesto.

Salieron dos centenares de usuarios con nombre o pseudónimo Aramis. Pacientemente los fuimos revisando hasta dar con uno cuya foto de presentación mostraba una vieja chimenea de ladrillo. Al lado figuraba un correo electrónico y un número de teléfono. De no estar Atos conmigo nunca me hubiese atrevido a dar el paso. Sin embargo su presencia me obligó a marcar los dígitos. Después de cuatro tonos, una voz surgió al otro lado. Me parecía increíble oír exactamente el mismo timbre vocal de adolescente que tan bien conocía. No había cambiado un ápice. Por primera vez desde que éramos niños la llamé por su nombre de pila: ¿Sara? La respuesta obtenida por la familiar voz me dejó de piedra:
 
-          Mamá, preguntan por ti.

      En estos momentos, Atos está a mi lado, acercando la cabeza al auricular como si quisiese introducirse por el mismo, intentando averiguar lo que ocurre. Mientras esperamos, escuchando el vertiginoso martilleo de nuestros propios corazones, miramos a golpe de ratón el resto de fotos del perfil facebook de mi único amor. En una de ellas, una muchacha de no más de 14 años nos sonríe con la boca de Aramis. La nariz y los ojos son indudablemente míos… Una femenina voz me devuelve a la realidad:

     -   ¿Diga? ¿Quién es…?

Siempre he sido un cobarde…Pero esta vez no estoy dispuesto a dejarme derrotar y escucho las palabras surgir de mi boca. Como en los viejos tiempos, comienzo con la contraseña:
-          D’Artagnan…  Soy Portos…

viernes, 24 de febrero de 2012

Amistad traicionada

Maridaje musical: Cello suite nº 1 en G Major, BWV : Prélude (Johann Sebastian Bach)



Subió las escaleras a una velocidad endiablada; llamándola desesperadamente. Era tal su ansiedad por llegar, que en un par de ocasiones adelantó ambos pies al unísono y a punto estuvo de dar con sus huesos en las duras baldosas que pétreamente forraban los escalones. Al llegar ante la puerta del apartamento no era capaz de acertar con la llave adecuada. Abrió por fin y corrió por el largo pasillo gritando su nombre. Pasó por todas las estancias de la casa sin encontrarla, hasta que se detuvo en seco ante la puerta del baño. Estaba cerrada, pero dejaba escapar un débil halo luminoso por debajo, presagio de la tragedia que se presentía al otro lado. Giró, temeroso, el pomo y entró con sigilo. Sumergida hasta el cuello en una solución sanguínea estaba el amor de su vida. Presentaba una apariencia tranquila, como si la muerte, más que sorprenderla, la hubiese invitado a descansar en su regazo. Entonces metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo la carta que le había traído hasta allí con la vana esperanza de poder llegar a tiempo. La leyó de nuevo tras desplomarse como una marioneta a la que le cortan los hilos; con las piernas anudadas y la espalda torpemente apoyada contra los aturquesados baldosines que cubrían las paredes:

Nuestro primer contacto se produjo cuando ambos éramos tan solo unos niños. Fue algo repentino e inesperado. Estabas aburrido y comenzaste a hablarme, invitándome a jugar contigo. Nos divertimos juntos en el jardín durante toda la tarde, mientras tu madre estaba demasiado ocupada preparando la cena navideña y tu padre se encontraba trabajando. Desde aquel primer encuentro nos citábamos a escondidas a diario para experimentar juntos todo tipo de aventuras fruto de tu gran imaginación y fantasía. Cuando nos cansábamos, nos metíamos en casa para proseguir con nuestro entretenimiento mediante alguno de los muchos juegos de tablero que poseías. Las tardes lluviosas las pasábamos en la cabaña anexa, morada de los aperos de jardinería propiedad de tu padre. Fue allí donde él nos sorprendió por primera vez, esbozando una pequeña sonrisa antes de dar media vuelta tras tomar una azada. Ese suceso te animó a hablarle de mí a tu madre, que me aceptó con toda naturalidad, llegando incluso a poner un plato más a la mesa en alguna de las íntimas comidas familiares. Desconozco cuál fue la razón, pero lo cierto es que un buen día nuestra férrea amistad dejó de ser bien recibida por tus progenitores y trataron por todos los medios de separarnos. Poco a poco te fuiste distanciando, dejando de demandar mi compañía y terminaste por ignorarme completamente. En un primer momento asumí tu pérdida con gran desolación pero hace unos días he decidido que tu traición no puede quedar impune y me he propuesto hacerte ver que continúo muy presente en tu vida aunque tú siempre me hayas presentado como el “amigo invisible.” Esta mañana me he citado con tu querida novia y me propongo darte un buen escarmiento en sus propias carnes. No te librarás de mí tan fácilmente….”

     Volvió a guardar el escrito y se puso en pie, aturdido, con el gesto inexpresivo. Ni siquiera tenía empuje para derramar las lágrimas embalsadas en sus párpados inferiores.  Se dirigió al salón y descolgó el teléfono para marcar a continuación el número de la policía. Mientras esperaba la llegada de los agentes repasó una vez más el mensaje de su “querido” amigo, al cual le había prestado su propio puño y letra para que pudiese escribirlo.

viernes, 17 de febrero de 2012

Vida contemplativa

Maridaje musical: A passage of life (Kitaro)



Mis progenitores eran unos apasionados de las obras de arte. Como además gozábamos de una razonablemente buena salud económica, nuestro domicilio parecía una especie de mini museo repleto de esculturas y pinturas. De todas ellas, el cuadro que regiamente presidía el salón era mi favorito. Se trataba de uno de los sublimes paisajes urbanos de Antonio López: una desértica avenida madrileña repleta de edificios con multitud de ventanales y terrazas. Si se observaba desde la distancia adecuada, parecía talmente una fotografía realizada con infinito esmero y dotada de la iluminación perfecta. Nunca me cansaba de mirarlo, esperando quizá descubrir un movimiento de cortina en alguna de las ventanas, seguido de la aparición de una furtiva cara vigilante. Podía pasarme horas con los ojos clavados en el lienzo hasta hallar un nuevo y desconocido trazo, una muesca en cualquiera de las cornisas, un chicle aplastado en el asfalto…Para mí era sin duda alguna, la obra perfecta.
   
La tarde de la jornada que constituyó mi decimoctavo cumpleaños, mientras esperaba a que mi madre terminase de realizar unas cuantas llamadas telefónicas, destinadas a ultimar los detalles organizativos de mi “fiesta sorpresa”, me dediqué una vez más a mi afición predilecta. De pronto, creí ver una fugaz y sutil oscilación tras una diminuta cristalera que pertenecía a una buhardilla. Me acerqué hasta casi rozar la tela con la punta de mi nariz y en ese momento una irresistible fuerza tiró de mí, elevándome del suelo y empotrándome literalmente en el cuadro. Me vi transportado a lo más parecido al interior de una nube. Todo a mi alrededor era de un blanco tan luminoso que tuve que cerrar los ojos. Había una total ausencia de perspectiva espacial, lo que me produjo una fuerte sensación de mareo. Instantes después, una pequeña superficie de la albina atmósfera se fue disipando formándose una abertura; una tronera que daba precisamente al salón de mi domicilio. Allí estaba mi querida madre, llamándome con gran preocupación. Le contesté, le hice señas, traté de acercarme a ella; pero todo fue inútil. Por más que me esforzaba con garganta, pies y manos no era capaz de llamar su atención. Intenté tomar carrerilla para lanzarme por el hueco y aterrizar en el suelo de la sala de mi hogar pero fue en vano. Mis acelerados pasos no produjeron ningún avance espacial pues no había rozamiento que me hiciese progresar en aquella celda de algodón. ¿Dónde me encontraba? ¿Qué me había sucedido? Más gente de mi familia comenzó a llegar y el desasosiego aumentaba con cada nuevo visitante. Yo me sentía absolutamente impotente y no podía hacer otra cosa que contemplarlos mientras lloraba desconsoladamente. Pasaron varias horas hasta que comencé a asumir mi situación. Entonces comprendí que formaba parte de la obra pictórica que tanto me entusiasmaba. Raptado como  una doncella por su amado pretendiente. Condenado a vivir encerrado, con la sola distracción de poder observar un pedazo de la vida de otros a través de un ventanal. No necesitaba comer pues no tenía ninguna sensación de hambre. Mi cuerpo no experimentaba ningún cambio y nada me demandaba. La dimensión temporal era inexistente en mi calabozo con vistas. Tan solo mi mente evolucionaba, obteniendo datos mediante los dos únicos sentidos activos: la vista y el oído. Cuando me convencí de que nunca saldría de aquel lugar, empecé a disfrutar de él a mi manera. Haciendo lo que mejor se me daba: observar. 

Durante muchos años fui testigo de todo lo que pasaba en la estancia a la que daba mi prisión. Desde el privilegiado balcón que me ofrecía el paisaje urbano contemplé toda actividad desarrollada en la gran pieza. No necesitaba dormir y ningún detalle se me escapó. Al principio me hablaba a mi mismo pero con el tiempo dejé de hacerlo y simplemente pensaba y contemplaba. Aprendí el lenguaje corporal hasta tal punto que podría decirse que era capaz de adivinar el pensamiento y sabía exactamente cuándo alguien mentía.

Un buen día, debido a la precaria situación económica al invertir toda su fortuna en mi búsqueda, mis padres tuvieron que vender el cuadro de Antonio López y con él me alejaron para siempre de su lado sin saberlo. Entonces mi claraboya hacia el mundo quedó ubicada en la sala de juntas de uno de los mejores bancos del momento. Allí continuó mi aprendizaje sobre la miserable condición  humana. Fui testigo de todo tipo de sucias maniobras y conocí los oscuros secretos que se escondían detrás del desmesurado e imparable crecimiento de la entidad. Con el “crack” económico todo se fue a la quiebra y los bienes fueron embargados y subastados. Entre ellos mi guarida. Me convertí en el escondido inquilino de la mansión de un multimillonario. Asistí como convidado de piedra a las clandestinas reuniones que se celebraron en aquel inmenso despacho. Supe todos los detalles de los execrables movimientos de los más importantes líderes mundiales y di notarial fe de innumerables complots. Pasé largas temporadas en museos de distintos rincones del mundo, conociendo fugazmente todo tipo de gentes, escuchando brevemente infinidad de conversaciones, estudiando afanosa y compulsivamente a los de mi especie. Así transcurrieron más de doscientos años.

Finalmente, hace unos meses, el vehículo volante que transportaba piezas de arte entre dos pinacotecas sufrió un aparatoso accidente. Algunas de las obras quedaron muy deterioradas. Una de las víctimas fue mi mazmorra, en la cual se abrió un buen boquete por el que salí despedido al exterior. Me alejé corriendo y tras varios minutos me percaté de lo bien que respondía mi cuerpo después de tan larga inactividad. La recuperación paulatina de mis sentidos perdidos y la aparición de sensación de hambre y sed me provocaron un gran llanto de felicidad. Mi reloj biológico, tras una pausa de más de dos siglos, comenzó de nuevo a funcionar. Mi cuerpo estrenaba su mayoría de edad formando equipo con la mente más experta que pueda albergar un ser humano. La vida en la Tierra era muy distinta debido a los importantísimos avances en todas las materias.

Hoy Las máquinas dominan el mundo, pero no de la forma en la que lo predecían las películas de mi infancia. La realidad es que ellas constituyen la única mano de obra existente. Están al servicio de la nueva especie humana y son utilizadas en la práctica totalidad de las actividades. Así pues, su dominio reside en que se han hecho absolutamente imprescindibles. Al mismo tiempo que su importancia crecía, se han ido transformando las capacidades intelectuales del hombre. La mayor parte de los habitantes del planeta serían considerados en mi época como autistas. Conocen a la perfección el uso de los dispositivos más sofisticados pero son incapaces de realizar los más simples razonamientos. Existe una raza superior, que al no tener acceso a la tecnología fue conservando gran parte de su inteligencia. Hoy son los auténticos líderes y poseen mucho poder. Las desigualdades cognitivas son enormes y podría decirse que la división mundial es binaria: Por un lado está la pequeña cúpula medianamente inteligente y por el otro una gran masa que vive en la más absoluta indigencia mental. Los primeros aún mantienen intacta la miserable condición humana y se aprovechan de los segundos hasta la extenuación. Yo los conozco muy bien y voy muchos pasos por delante de todos. Me he pasado el equivalente a tres vidas visionando un interminable documental sobre la evolución de la humanidad.