Maridaje musical: "Libre te quiero" (Amancio Prada) enlace youtube
Durante su separación, sus miradas se citaban cada noche en la luna y
aprovechaban para besarse apasionadamente con los ojos y para conversar
sin emitir una sola palabra. Fue tal la intensidad de ese idilio, que
cuando por fin se encontraron de nuevo, comenzaron a echarse de menos.
En este blog almaceno todos los pequeños relatos que voy escribiendo, incluidos aquellos que aparecen en mis dos libros, titulados: "Cincuenta bocados con maridaje" e "Historias Sentidas" Gracias por tu amable visita y si te ha gustado lo que has leído estaré encantado de que vuelvas. Si te apetece, no dejes de comentarme tus impresiones. Un saludo
sábado, 7 de junio de 2014
domingo, 18 de mayo de 2014
La fuente de los deseos
Maridaje musical: "My Coloring book" (Barbra Streisand) enlace youtube
Milena era una niña muy diferente
a las otras niñas del colegio. A Milena, lo que más le gustaba era leer. Se
pasaba los recreos sentada en un rincón del patio devorando el librito que
tuviese entre manos, mientras sus compañeros jugaban y alborotaban por doquier.
Su imaginación no tenía límites, quizá por eso también le encantaba el teatro.
Estaba en el grupo de teatro del colegio y su gran ilusión era convertirse en
una actriz famosa. Cuando algún familiar le preguntaba qué quería ser de mayor,
Milena, poniendo una amplia sonrisa, siempre respondía:
-
¡Quiero ser una gran actriz!
Su cuento
favorito era “Aladino y la lámpara
maravillosa”. Tenía muy claro lo que ella haría si se le presentase un genio y le ofreciese cumplir
sus deseos. Su lista sería interminable y en caso de que el genio sólo tuviese
a bien concederle tres, tenía la trampa perfecta para que nunca pudiese
librarse de ella. Cuando llegase el momento de pedir el tercero diría:
-
Mi tercer deseo es… poder pedir otros tres deseos
más
Y con este
ardid aplicado sucesivamente, Milena tendría asegurados deseos para toda la
vida.
Cuando
iba con sus padres a visitar a los abuelos, Milena apenas perdía tiempo
saludándolos y subía disparada hacia el desván de la casa. Le encantaba ese
lugar, lleno de trastos, muebles viejos, ropa, juguetes, libros… Se pasaba toda
la tarde allí encerrada, investigando y jugando con su imaginación.
Un
día, al sacar uno de los libros de una de las estanterías superiores, observó
que detrás había algo. Retiró más libros y quedó al descubierto un cofrecito
lleno de inscripciones ininteligibles. Lo tomó en sus manos para verlo más de
cerca y cuando quiso abrirlo observó que no tenía ningún tipo de cerradura a la
vista. Eso intrigó mucho a Milena, que se afanó para buscar la forma de abrir
el cofre y no paró hasta ver un diminuto saliente en un lateral. Pasó su dedo
por encima y de inmediato, como si fuese un resorte, la tapa se abrió,
apareciendo un ser de un tono azulado, con toques verdes y amarillos.
-
¿Quién eres? – preguntó Milena un tanto asustada.
-
Soy el genio del cofre – le contestó la extraña
figura.
-
¡Qué bien!, ¡Un genio! ¿Cuántos deseos me vas a
conceder?
-
Querida niña, yo no concedo deseos.
-
¿Qué no concedes deseos? Eso no puede ser. Todos los genios conceden
deseos.
-
¡Pues yo no!
No soy tan vulgar.
-
Entonces… ¿Qué clase de genio eres? – le
preguntó Milena un tanto enfadada.
-
Yo, sólo formulo deseos. Buenos deseos, para que
mis amos, en este caso tú, luchen por conseguir que se cumplan. – Le dijo el genio
en tono afectuoso.
-
¿Así que eres tú el que me va a pedir deseos a
mí?
-
Así es. Todos los que quieras.
-
Vaya suerte la mía. Toda la vida esperando un
momento así para conseguir todos mis deseos y resulta que me encuentro con un
fraude de genio que no los concede.
-
Pero tú puedes conseguir todo lo que desees.
-
¿Sí?, pues ya me dirás cómo, porque como tenga
que esperar por tu ayuda…
-
¿Cómo te llamas? – preguntó el Genio.
-
Milena. Me llamo, Milena
-
Pues mira Milena, ¿qué harías si yo fuese uno de esos genios que tú anhelas?
-
¡Uf! Le pediría todos los deseos que quisiese y
aun más. Estaría continuamente pidiendo y pidiendo.
-
Tú lo has dicho. Has dado en el clavo. Estarías
siempre pidiendo deseo tras deseo. ¿Tú crees que serías feliz? ¿Te parece que
vivirías bien?
-
A pesar de ser un genio, pareces un poco torpe -
¡Claro que sería feliz! ¡Tendría absolutamente todo lo que quisiera!
-
En efecto. Así sería. Y después ¿qué? – dijo el genio.
-
¿Después de qué? – respondió Milena con una
pregunta
-
Pues después de tenerlo todo sin ningún
esfuerzo. ¿Qué harías?
-
Pues… no sé. ¿Pedir más deseos?
-
Tú misma has dicho que tendrías todo. ¿Qué más
vas a pedir? No tendrías nada por lo que pelear. Todo se te habría dado sin
ningún esfuerzo por tu parte. Carecerías de vivencias, de las dificultades para
cumplir tus sueños, de las inseguridades que aparecen ante los retos, de los
sinsabores que dan los reveses y de las enormes satisfacciones ante los sueños
cumplidos. En definitiva, estarías desprovista de vida y tu existencia quedaría
reducida a una simple colección de deseos concedidos gratuitamente.
Milena, se quedó petrificada ante
el razonamiento del Genio y dijo
-
Es posible que tengas razón. Una vez que no se
me ocurriese nada nuevo que pedir, seguramente me aburriría. Entonces… ¿Qué
tengo que hacer?
-
Pues no mucho – dijo el genio- Yo puedo proporcionarte un montón de fórmulas,
sueños, buenos sentimientos, consejos y muchas más cosas que te ayudarán a
cumplir todos tus deseos. Que te permitirán vivir intensamente y…
El ruido despertó a Milena, que
se había dormido en la mecedora del desván mientras leía un pequeño libro.
-
¡Qué sueño más raro he tenido!, se dijo mientras
se dirigía a devolver el libro a su lugar.
Cuando lo iba a situar en la
estantería, se quedó paralizada, con ojos y boca muy abiertos. ¡Allí estaba el
cofre de su sueño! Sólo que ahora sí tenía una pequeña cerradura que no le fue
muy difícil abrir. Dentro, había un montón de papelitos doblados, cubiertos por
la siguiente nota:
“Hola Milena. Aquí te dejo una buena colección para que vayas empezando.
Disfruta cada uno de ellos con intensidad y recuerda que la forma de
conseguirlos es invocando al genio que llevas dentro de ti.”
sábado, 3 de mayo de 2014
Destello privado
Maridaje musical: It's only a paper moon (Ella Fitzgerald) enlace youtube
La llevaba puesta al entrar. Yo
estaba tomando el café matutino previo al trabajo y no tuve más remedio que
mirarla. La luminosidad que irradiaba lo inundaba todo, aunque parecía que sólo
yo me daba cuenta. La propietaria de semejante joya pidió un té mientras se
acomodaba en la mesa contigua a la mía. Nunca la había visto por el Lord Byron.
Extrajo un sobre de su bolso, sacó una carta y comenzó a leerla. Fue entonces
cuando se le desprendió, deslizándose con suavidad. Ella no fue consciente de
ello. Se levantó bruscamente sin terminarse la infusión y se dirigió a la
puerta. Dudé un instante sobre qué actitud adoptar, pero finalmente decidí
devolvérsela y antes de que saliese del local le dije:
-
¡Perdona…!
Se te ha caído esta sonrisa. En tu cara luce mucho más. Nunca la
pierdas, pues privarías al mundo de un destello único.
domingo, 20 de abril de 2014
Un bache en nuestras vidas
Maridaje musical: "Le grande cascade" (René Aubry) enlace youtube
Aquella mañana, por fin iban a quitar
el enorme bache que crecía ante la puerta del colegio. Ése que en los días
lluviosos se convertía en un estanque en el que irrumpían las ruedas de los
vehículos de conductores despistados, levantando una pequeña tempestad. Más de
una vez la ola me había alcanzado mientras mi hermano y yo esperábamos el
autobús que nos llevaba de vuelta a casa. Él siempre se las arreglaba para
resguardarse tras de mí cuando arribaba ese mini tsunami. Yo tengo catorce años
y Sergio, mi hermano, acumula dos menos. Constituimos un equipo complementario:
él es mucho más fuerte y ágil mientras que yo le gano en inteligencia y
brillantez. Alguna vez me he preguntado qué resulta más importante para
subsistir en una isla desierta. Por supuesto la inteligencia es absolutamente
esencial, pero ¿podría compensar la inexistencia de la fuerza necesaria? Por el
contrario, ¿Cuánto tiempo duraría alguien atlético desprovisto de toda materia
gris?
A
medio día, cuando finalizaron las clases y salimos a la calle, ya estaban
terminando de pisar el asfalto con una pequeña apisonadora. Sergio y yo nos
situamos al borde de la calzada para mirar de cerca el alquitrán recién
aplastado y acto seguido, comenzamos a jugar, como ya era habitual, a hacernos
cosquillas. La apisonadora se acercaba, dando una nueva pasada, mientras
nosotros nos encontrábamos envueltos entre risas y empujones. Sergio tropezó
con mi pié y cayó al asfalto aún fresco un instante antes de que el cilindro
que hacía de rueda delantera ocupase ese mismo espacio. Yo estiré mis brazos
hacia él y acerté a prenderlo del cuello de la chaqueta al mismo tiempo que la
máquina.
Todo
sucedió para mí con una pasmosa lentitud. Recuerdo un dolor tan intenso como
fugaz. En los breves instantes que pasaron antes de perder el conocimiento,
tuve tiempo de percibir en mis manos el tacto viscoso de los sesos de Sergio y
creí sentir incluso un pequeño corte con alguno de sus huesos, como un picotazo;
una diminuta chispa inmersa en la espantosa tortura. Sin embargo, eso no fue lo
que más me horrorizó. Fue peor el sonido, ese sonido que no puedo sacar de mi
cabeza y que sigue muy presente hoy, un mes después del suceso, sin apenas
dejarme dormir. Se trata de una especie de explosión sorda; algo parecido a
cuando se parte un huevo de chocolate negro de cierta dureza, aunque
amplificado. Como macabro acorde, un crujir de huesos, similar al que
produciría un coro de ramas secas al quebrarse al unísono, completa la
horrísona melodía. Dos notas que me atormentan día y noche, repitiéndose en
cada compás de un pentagrama que parece no tener fin.
Pero sin duda
lo que más me reconcome es no poder gritar al mundo que no fue un desgraciado
accidente; que Sergio no tropezó fortuitamente con mi pié, sino que éste fue
dirigido con el objeto de zancadillearle tan sólo por ver lo que pasaba. Luego,
sobre la marcha, recordé mi duda existencial y decidí sacrificar mis dos brazos
a cambio de su materia gris, apostando por mi inteligencia y mermando aún más
mi natural torpeza corporal. Ya sé que no estoy en una isla desierta, pero, de
momento, es lo mejor que he podido conseguir.
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