sábado, 12 de abril de 2014

Rocío

Maridaje musical: "Nothing else matters" (Apocalyptica)



Él era un completo agnóstico. Llevaba sin pisar una iglesia desde su primera y última comunión. A ella le hacía mucha ilusión una boda religiosa, pero tuvo que transigir y casarse en el ayuntamiento. En compensación, elegiría el viaje de luna de miel. Parecía un trato desigual, que se equilibró cuando le reveló en qué consistiría.

-          Nos vamos a hacer El Camino – le dijo a su recién estrenado marido.
-          ¿El camino de Santiago?, ¡Vale! Siempre que no me hagas entrar en la catedral…
-          ¡No! El de Santiago no. El del Rocío – Le corrigió ella
-          ¿Cómo? Eso sí que no, cualquier cosa menos eso. Ya sabes que no soy creyente.
-          Tenemos un trato ¿Recuerdas? Quiero ver por tus ojos el Camino que nunca he podido disfrutar debido a mi ceguera – le espetó con una sonrisa amorosamente vengativa.

Rocío, aunque residía en el norte, siempre tuvo una enorme ilusión por visitar la Ermita responsable de su nombre. Tenía varios amigos en una de las hermandades que le formulaban año tras año una invitación, si bien nunca la había utilizado. Todo se truncó cuando le sobrevino el accidente que le  hizo perder la vista. No llevaba puesto el cinturón y el impacto contra el parabrisas tras un brusco frenazo la sumió en un coma del que se despertó convertida en invidente. Le hicieron todo tipo de pruebas y aunque sus ojos parecían estar operativos, alguna conexión cerebral se habría estropeado tras el golpe causándole la ceguera. Cuando el médico se lo comunicó, lejos de derrumbarse, hizo gala de su sentido del humor diciendo:

-          Bueno, a pesar de que no he sido multada, no llevar puesto el cinturón de seguridad me ha costado ambos ojos de la cara.

Un año después conoció a Mario, al que enamoró con su arrolladora y alegre personalidad. Entonces se avivó con fuerza su antiguo deseo y quiso cumplirlo en su viaje de bodas. Por esa razón había sacrificado casarse por la iglesia, forzando el trato con Mario. Al fin y al cabo la ceremonia nupcial era una minucia comparada con toda una semana en compañía del amor de su vida, rodeada de carretas y caballos engalanados. Ocho jornadas en las que el mundo se movía al paso de una persona y hasta el polvo era sagrado e incluso terapéutico. Mario no se pudo negar y un Domingo de Mayo, inició la travesía junto a su esposa. Trató de tomárselo como una convalecencia con un “fino” tratamiento a base de alcohol y jamoncito.

Cuando llegó la primera noche, después de un día agotador, hubo de reconocer que no había sido tan aburrido como esperaba. La gente era muy amable y la alegría reinaba por doquier. Todo se compartía y a cualquier sitio que mirase se encontraba con un rostro iluminado por una sonrisa. La caravana constituía un caudaloso río de compañerismo, solidaridad y amistad. Además, la necesidad de explicarle con todo detalle a Rocío cuanto acontecía, para que ella también pudiese verlo a su manera, era todo un aliciente.
El día siguiente fue aún mejor. Una de las ruedas de la carreta se fracturó y sobraron manos para repararla. La espera se convirtió en una nueva fiesta y comprobó que todo acontecimiento, fuese o no positivo, escondía una celebración. Su mujer charlaba animadamente con todos. ¡Se la veía tan feliz!

Las  jornadas transcurridas por Doñana fueron de una belleza tal que se convenció de que la elección de la luna de miel no podía haber sido más acertada. Durante la última noche antes de llegar a la Ermita, entre besos, le confesó a su esposa que estaba siendo un viaje de bodas maravilloso. Ella se limitó a asentir, como si lo hubiese sabido desde el principio. Pero el momento que los marcaría para siempre aún estaba por acontecer.

Fue la noche del domingo al lunes de Pentecostés. La ermita era una isla blanca a punto de ser engullida por un tsunami humano. Desde la posición que ocupaban tenían una visión parcial de la reja. Mario sostenía la mano de Rocío mientras le describía todo minuciosamente, cuando se inició el salto de los almonteños en pos de la virgen. La algarabía era enorme y las lágrimas rociaban a la muchedumbre como una fina lluvia del Cantábrico. Durante el trayecto de la procesión, la imagen pasó al lado de los recién casados y se ladeó debido a un ligero tropezón de uno de los porteadores. Lo que parecía una bendición virginal, se tornó en excesiva inclinación que trajo como consecuencia la inevitable caída de la Señora sobre su homónima. Casi de inmediato fue elevada de nuevo, como un resorte, apareciendo el cuerpo de Rocío inerte en el suelo. Mario lanzó un grito desgarrador temiéndose lo peor mientras trataba de levantar a su amada. Un médico apareció de improviso y tras unos minutos de respiración asistida combinada con masaje cardiaco, Rocío reaccionó abriendo los ojos y contemplando por sí misma una colección de caras que la miraban con gesto de alivio. A pesar de la impresión que le produjo recuperar la vista, no le dijo nada a su marido hasta la llegada al hospital, en el que le hicieron el pertinente chequeo que confirmó la reactivación de la conexión de los nervios oculares al cerebro.

Aunque sigue fiel a su agnosticismo, aquel día Mario se convirtió posiblemente en el primer ateo devoto de la virgen del Rocío y cada madrugada del lunes de Pentecostés, él y su esposa nunca faltan a la cita con la Blanca Paloma. Cada vez que le preguntan sobre su supuesta incongruencia religiosa, responde con la misma sentencia:
-          hasta para los no creyentes, existen milagros que son indiscutibles.

domingo, 16 de febrero de 2014

En tránsito

Maridaje musical: "Nostalgie" (Cirque du soleil) enlace youtube





7:55 de la mañana. Sospecha que su deseo no se ha cumplido. Abre los ojos y… En efecto, todo sigue igual. Una jornada más que comienza con desilusión. El mismo ritual de siempre: primero un pie en la alfombra, luego el otro, y un pequeño paseo al baño. El caudal ya no es constante y se expresa en forma de pequeños chorros intermitentes, que suenan burlescamente al impactar en las aguas calmas del inodoro. Después, ya en la cocina, el sonido de la vieja “Citromatic” delata la preparación del zumo matutino. Un pálido café, que hace juego con su rostro, acompañado de ocho galletas, es el prólogo a la primera ración de pastillas. Siempre se hace la misma pregunta: 

-       ¿Cómo sabrá cada una a dónde tiene que ir?

                La mañana transcurre lentamente, disipando poco a poco la desilusión y transformándola en paciente resignación. Son los momentos de mayor bullicio, surgido de la pantalla del televisor en la que varias personas hablan simultáneamente y ninguno se escucha. El volumen del aparato hace que el sonido se expanda por toda la casa. Se cansa rápido y cierra el pico de todos con una pequeña pulsación sobre el mando a distancia: 

-       ¡Ya podía funcionar todo así! – se dice entre dientes.

Antes del mediodía ya está pensando en la comida. Cree que si lo hace todo con rapidez, el día se terminará antes; que si se toma a las doce las pastillas de las tres, quizá gane tres  horas. 

Hoy toca arroz; ayer fue pescado. Calienta la cazuelita al baño maría y después come directamente de ella. Así no hay que fregar platos. Nuevo cóctel de pastillas y otra vez al sillón de la sala. En esos momentos vuelve a brotar la ilusión diaria. Siente el cosquilleo de cada tarde pensando en que su deseo está más cerca de hacerse realidad. Un arrítmico duerme vela consume un par de horas más. Después se obliga a salir a la calle a base de empujones en el alma. Su mano hace la mayor parte de la fuerza, apoyada sobre el bastón de madera color caoba. No se aleja mucho del portal y recorre la pequeña calle de un lado a otro, como un oso enjaulado, con los ojos tristes. Al igual que el plantígrado, anhela la libertad que se le niega día tras día.

Ya son casi las siete y media de la tarde y llega la cena. Se acerca el mejor momento del día. Un poco de sopa; un yogur y después el manjar de las últimas píldoras. El atractivo lo proporciona precisamente eso: que quizá sean verdaderamente las últimas.

La noche es dominio de la radio. La escucha sentado en la cama, meditando, deseando, enormemente ilusionado de nuevo. Se siente como un viajero en tránsito, perdido en un recóndito aeropuerto, esperando que despegue por fin su vuelo, retrasado una y otra vez por razones ajenas a su voluntad. Lleva la mano al pecho tratando de calmar a su corazón, con el nerviosismo de quien revisa su tarjeta de embarque sin fecha de partida. Sus labios dibujan en silencio un porqué. 

A veces, uno llega a tal estado, que ni siquiera le resulta atractivo a la muerte y se convierte en una pieza demasiado fácil para tomarla en consideración. Por eso él mantiene su ilusión. Paradójicamente, lo que le hace levantarse cada mañana es precisamente el ferviente deseo de que catorce horas después, sea la última vez que tenga que acostarse.

miércoles, 29 de enero de 2014

Revelación


Maridaje musical: "Santa Claus is comin' to town" (Frank Sinatra) enlace youtube



Se levantó entusiasmado, con la mente puesta en los regalos. Ese era sin duda el día más feliz de todo el año. Su cara regordeta y sonrosada se mostraba especialmente risueña. Hacía mucho frío fuera, lo que contrastaba con su calidez y bienestar interior. Observó todos los paquetes apilados formando una montaña multicolor, merced a los envoltorios de toda especie y condición. Parecía que había menos que en otras ocasiones. De hecho, durante los últimos años había observado una tendencia descendente en el  número de presentes.  No le dio demasiada importancia y se vistió con premura, sin poder contener unas estridentes carcajadas imaginando la dicha que proporcionaría la apertura de todos los regalos. A pesar de su impaciencia por empezar su tarea, se mostró tranquilo y se otorgó un opíparo desayuno. Realmente lo necesitaba, pues el esfuerzo sería de consideración. 

          En el otro extremo de la casa, alguien más se levantó de la cama. No había dormido nada pensando en cómo darle la noticia. Ya no podía guardar más el secreto que había mantenido durante años. Sabía que revelar la verdad a su hijo, destrozaría la ilusión que puntualmente acudía a su corazón cada veinticuatro de diciembre. Tendría que habérselo comunicado hace mucho tiempo, pero no tuvo fuerzas y continuó dejando que él creyese en una magia que ya se había extinguido. Necesitaba terminar de una vez por todas con esa farsa de la cual era cómplice  al colocar todos los paquetes para preservar un ritual de felicidad que en tiempos pretéritos era auténtico, pero que hoy ya no tenía ningún sentido.

         Se dirigió a la cocina con gran decisión a pesar de la pesadez de sus nonagenarias piernas. Tenía las palabras amontonadas en la boca, que mantenía firmemente cerrada para que no se le escapasen y poder soltarlas en el momento oportuno. Si alguna se le derramaba antes no se creía capaz de generarla de nuevo sin un enorme dolor de corazón que podría ser fatal para su castigado cuerpo. Le lanzó el mensaje por la espalda para no ver el rictus que iba a producir en su hijo el impacto.

        -  Nicolás, hijo mío. El reparto ya no tiene razón de ser... ¡Los niños no existen!

martes, 7 de enero de 2014

Indecisión


Maridaje musical: "Chasing Sheep is Best Left to Shepherds" (Michael Nyman)




-       ¡Tienes que hacerlo Jorge!, ¡Tienes que hacerlo! ¡Es la única posibilidad! Yo no puedo. El dolor me dejaría sin sentido.

Jorge la miraba aterrado, con el serrucho en las manos empuñado como si sostuviese una recortada apuntando directamente hacia la pierna de su hermana gemela. 

El calor era casi insoportable. El fuego lamía el capó del automóvil; amenazante. Parecía ralentizar su camino, recreándose en la situación; en un macabro amago de avance que no terminaba de producirse. 

Había tratado de liberar su pie de todas las maneras a su alcance, sin ningún éxito. El frontal del coche había atrapado firmemente la extremidad tras el impacto contra el muro, asiéndola como una quijada metálica. Entonces, ella le recordó que llevaban  un serrucho en el maletero.

-       ¿Por qué tenía que haber un serrucho allí? ¿Por qué…? – se lamentó en silencio.

-       ¡Jorge!, ¡Tienes que ser valiente! Por favor, ¡Córtame la pierna! No hay otra opción. Lo haría yo misma si pudiera pero no aguantaría el dolor sin desmayarme. ¡Jorge por dios te lo pido! Ya noto cómo se me queman los dedos.

Colocó los dientes de la sierra sobre la tibia de su hermana. Inició con la mente una y otra vez la maniobra; dio orden a su brazo para que comenzase a serrar, jaleado por los susurros de las llamas en su crepitar, que constituían a la par infernales coros para los gritos de ella. Sus piernas reaccionaron antes que su mano, poniendo tierra de por medio ante el calor inaguantable.

Estridencia de cristales que explotan; olor a carne quemada; Horribles alaridos de mujer que cesaron de forma aún más estruendosa. Luego, un tenue viento caliente que emanaba de un ardiente ballet, cuya danza mortal devoraba un Mercedes con otra Mercedes en su interior, le acarició la cara. Él, inmóvil y ausente, contemplaba el cuadro con el serrucho en la mano. 

En los días siguientes, todos le repetirían hasta la saciedad que Mercedes estaba condenada, pero él sabía muy bien que aquella herramienta había cometido un doble crimen por omisión. Con su sola presencia, fue el arma homicida que le quitó a su hermana, arrebatándole simultáneamente su propia vida sin siquiera provocarle la muerte, en el más cruel de los asesinatos.

viernes, 3 de enero de 2014

Relación que hace aguas

Maridaje musical: Amor de loca juventud (Buena vista social club) enlace youtube

 



Recuerdo perfectamente el día en el que mi pareja comenzó a dejar de quererme; el preciso instante en el que se resquebrajó nuestro amor. Yo en ese momento no fui consciente de ello.
Nos encontrábamos en casa, preparándonos para ir a cenar fuera con unos amigos, cuando quise entrar en el baño. Mi mujer estaba dentro y no me dejó pasar con la disculpa de que estaba cagando.
- ¡Ah!, ¡perdona! – dije yo.
Y esperé a que terminase.
Cuando por fin fue mi turno, comprobé en mis propias narices que en efecto, no me había mentido. ¡Ese fue el principio del fin!
En todos nuestros años juntos nunca había ocurrido tal cosa y tanto ella como yo campábamos a nuestras anchas por el baño, aunque el otro estuviese sentado en la taza del váter haciendo fuerza. Lo compartíamos todo, hasta esos íntimos instantes, si se daba el caso.
Quizá esto os provoque risa. Pero para mí es muy duro y no me causa la menor gracia. 
¡Escuchad bien lo que os digo! ¿Cuál creéis que es el momento más íntimo, más personal, más profundamente solitario de cualquier animal? ¿Cuál?, ¡decidme!…¿Cuál...?  
        Yo os lo diré: ¡Cuando está cagando!
       ¿No me creéis?  ¿Habéis visto la cara de un perro en ese momento? ¿Os habéis fijado en cómo mira? ¿Habéis reparado en su expresión de total indefensión y vulnerabilidad? Si no habéis caído en ello…, fijaos la próxima vez y lo entenderéis.
     ¿Y qué me decís de nuestra actitud en los baños públicos cuando alguien entra y estamos cagando? ¡Vamos, Confesad! ¡Todos hacemos lo mismo! Nos quedamos inmóviles y guardamos un absoluto silencio para que el “intruso” crea que no hay nadie, mientras deseamos con todas nuestras fuerzas que no intente abrir la puerta de nuestra cabina. Incluso si lo intenta, pensamos en no contestar y si finalmente lo hacemos, decimos muy rápido y de forma casi ininteligible, alguno incluso cambia la voz:    “está ocupado”.
      Para mí está claro que ese instante es lo más personal que alguien puede tener. Y compartirlo con otra persona: pareja o amigo, es la mayor prueba de confianza que se puede ofrecer. Yo sólo he podido cagar en presencia de dos personas en mi vida: Mi mejor amigo, el cual aún conservo aunque ya no caguemos juntos, y mi esposa.
Pensadlo bien. ¿No estoy en lo cierto? ¿No habéis llegado con nadie a ese punto de relación personal? Si no lo habéis hecho, perdonad que os diga que no conocéis el verdadero amor, ni la auténtica amistad con mayúsculas. 
¿Ni siquiera habéis pasado por el estado previo, que es tirarse pedos juntos? Pero no en grupo, que eso ya es mofa, sino en la intimidad de exactamente dos personas. Sólo dos.
Yo tenía ese punto de sintonía con mi mujer. Éramos enormemente felices y podía hacer en su compañía absolutamente todo lo que podía hacer yo sólo. Incluso cagar.
El sexo es más superficial. Uno puede acostarse con alguien en la primera cita incluso, pero amigos míos, lo de estar juntos mientras uno hace aguas mayores es harina de otro costal. Se necesita mucho tiempo y mucha afinidad para eso. Y yo la tenía. Justo hasta aquel día en que ella me negó la entrada al baño.
Nuestras relaciones sexuales siguieron siendo satisfactorias durante meses, pero aquella grieta se abrió paso y esa púdica timidez va destruyéndonos poco a poco. Hoy me aborda la desconfianza, la aparición del fantasma de la infidelidad, el distanciamiento,… Todo se fraguó en aquella “cagada interruptus”, que está mandando a la mierda nuestro matrimonio.  Aquél día, el amor comenzó a irse por la taza del váter cuando mi mujer tiró de la cadena, mientras yo esperaba fuera para entrar en el baño.

(Voz de mujer): - Cariño, no hay papel. ¿Puedes acercarme un rollo?

       Perdonadme, mi esposa me reclama  -  ¡Ahora voy! 

(Voz de mujer) : ¡Pero entra, cielo!  ¡Pareces tonto!