miércoles, 14 de noviembre de 2012

Afinando tensiones




Había convertido el cuarto de baño en una capilla ardiente. Sólo faltaba el cadáver, pero ese aspecto pronto sería resuelto. Todo estaba dispuesto con matemática precisión, hasta el mínimo detalle. Las gráciles llamas de las velas escenificaban una danza hipnótica, mecidas por la suave brisa que se levantaba al paso de su cuerpo desnudo. La decisión era firme. Ya no le quedaba nada, ni siquiera lágrimas que derramar. El eco interno provocado por los latidos de su corazón le hacía sentirse vacía y sola; marcando un ritmo incorrecto que componía una melodía desafinada en su vida; una pieza defectuosa en la mundana sinfonía que sometía todo lo demás.

                Escribió la carta a pesar de que no tendría ningún destinatario y la leyó varias veces, quizá con la idea de que al menos alguien cercano recibiera el mensaje. Cuando giró la llave del grifo del agua caliente se inició la cuenta atrás. A medida que el líquido ascendía por las paredes de la bañera, se incrementaba su fatiga al tratar inútilmente de descubrir algún recuerdo agradable y escrutaba, con la mirada hacia adentro, buscando cualquier motivo para seguir luchando. 

                Su mano derecha hizo de verdugo de la izquierda y luego ésta le correspondió en la misma medida, haciendo penetrar el rojo fluido en el agua de igual forma que el  humo de un cigarrillo rasga el aire con cada calada. Al cerrar los ojos percibió una nerviosa luminiscencia titilante. Como si una pequeña mariposa emitiese destellos de esperanza y la acariciase con sus alas. ¿Era esa la anhelada señal? Quiso averiguarlo llevando su mente a las proximidades de la fuente de luz, pero ésta pretendió alejarse al verse descubierta. Tensó todos sus músculos para evitar la huida, intentando retenerla como lo haría un experto domador que sujeta con recia soga al más brioso de sus corceles. Tras varios impulsos, cada uno de los cuales contribuía a aumentar el caudal del manantial sanguíneo, la preciada presa cedió en su empeño y comenzó a acercarse. Conforme avanzaba le iba generando confianza y bienestar a la vez que crecía su presencia física. Cuando llegó a su lado experimentó la auténtica paz y la mayor de las dulzuras. Agotada, se dejó llevar por la magia y en sus brazos halló la perfecta sintonía que afinó su ser, devolviéndole el olvidado compás a su existencia. Con su último suspiro encontró por fin una razón para vivir.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Levantando el vuelo

Maridaje musical: "Tango pour Claude" (Richard Galliano) enlace youtube


Era la persona más previsora que podía existir. Quería tener las situaciones totalmente controladas y le asaltaban los nervios cuando una brizna caía sobre cualquiera de sus concienzudamente planificadas trayectorias. Si salía de viaje y no había podido reservar hotel para todas y cada una de las noches, le sobrevenía una sensación de ahogo hasta que tuviese garantizada la estancia; si no llevaba encima una cantidad de dinero sensiblemente superior a lo presupuestado para la actividad programada, se mostraba inquieto y no era capaz de disfrutar plenamente; si surgía el menor imprevisto en sus estudiados planes, se torturaba por no haberlo tenido en cuenta previamente. Su mente calculaba todas las opciones posibles y buscaba respuesta para cada una de ellas. Siempre procuraba estar atento a todos los detalles, por minúsculos que fuesen. Lo más parecido a una aventura que estaba dispuesto a asumir, era acudir al supermercado sin la lista de la compra. Quizá por eso le encantaba el teatro. Estudiar y representar un personaje era lo más seguro y controlado que había encontrado nunca, ya que sabía a priori absolutamente todo lo que iba a ocurrir y todo lo que se iba a decir. Aprendía los textos con puntos y comas, reproduciéndolos con la mayor exactitud; fijaba la partitura corporal de movimientos con tanta precisión que tras una sesión de ensayos y repeticiones, podría decirse que sus huellas se superponían de tal manera que un minucioso estudio posterior sólo revelaría las últimas.

                Acudió de forma compulsiva a talleres, demostraciones, encuentros... Cualquier evento que despidiese un aroma escénico se convertía en prioridad absoluta. En ese clima teatral se sentía completamente en su hábitat y comprendió que hasta entonces había vivido en un ecosistema al que no pertenecía. Sin darse cuenta, comenzó a mudar la falsa piel que se había fabricado, dejando visible su auténtico aspecto interior. Abrió el cofre que guardaba sus emociones y permitió que éstas fluyeran a su antojo. Pero eso le pasaba factura y por momentos le hacía sufrir.  La impenetrable concha que le había protegido durante tantos años, acabó por saltar en mil pedazos y algunas de las lascas se le quedaron clavadas en el corazón.

                Primero dejó de programar los acontecimientos de su vida y permitió que ésta discurriese con plena libertad; luego comenzó a abandonar aspectos de su trabajo para dedicarse a lo que verdaderamente le apasionaba. La tercera fase de su metamorfosis comenzó una mañana en la que se levantó con una intensa sensación de asfixia, como si por fin hubiese descubierto  la implacable rutina que había dirigido la mayor parte de su existencia. Ese mismo día, mientras se dirigía al trabajo, no reparó en que se adentraba en la estación. Cuando tomó conciencia de nuevo, se vio sentado en el asiento de un tren cuyo destino desconocía y emitió una sonrisa al no sentir ninguna necesidad de saberlo. No hizo llamadas de despedida ni dio ningún tipo de explicación. Sabía que en caso contrario no podría reprimir el falso deseo de volver.


    Jamás volvió a sentir nostalgia, pues en su avance hallaba continuamente nuevos atractivos. Su único objetivo a cada paso era, simplemente, dar el siguiente. El  incesante viaje le proporcionó vivencias desprovistas de cualquier tipo de atadura. Así fluyó el resto de su vida, de forma totalmente improvisada, sin bucles repetitivos, hasta que su carcasa  humana estuvo rebosante. Entonces se libró de ella, levantó por fin el vuelo y completó su proceso, convirtiéndose en pura energía. Aunque no volvieron a verlo, sus familiares y amigos más cercanos percibieron su regreso.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Devoradores de tristeza





Hay frases que se aprenden a cincel durante la infancia o la adolescencia. Una de mis favoritas es la ley de conservación de la energía. Suena como un poema: 

La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma

                La primera lección que aprendí de él fue que el sufrimiento y la tristeza son dos tipos de energía muy especiales. A diferencia de otras, éstas sí se crean y nunca se transforman ni se destruyen. Cuando estamos acuciados por algún problema o nos sentimos afligidos, siempre viene bien confesarlo a alguien cercano. Lo llamamos desahogo y verdaderamente eso hace que nos sintamos mejor. Nos libera de parte de nuestra carga y parece que la pena va desapareciendo. Lo que realmente ocurre es que esa amargura que soltamos se disuelve en las emociones de nuestro interlocutor; se la traspasamos. Si su estado anímico es el adecuado, apenas le afectará. Sin embargo si no está en buena disposición, el traspaso de aflicciones será una carga pesada y comenzará a sufrir. Todos somos contenedores emocionales de capacidad ilimitada. Si predomina la alegría, nuestros miedos y pesares no serán percibidos; como cuando se echan unas gotas de vinagre en un depósito de mil litros de agua. Pero si nuestra felicidad empieza a evaporarse rápidamente, llegará un momento en el que notaremos el sabor acético.

                En aquella época  iba a visitar diariamente a mi madre. Se encontraba en coma tras su derrame cerebral y yo era escéptico sobre si realmente sentía mi compañía. Me sentaba a su lado, la observaba y me pasaba todo el tiempo practicando un ejercicio de represión de lágrimas;  generando desdicha. Él reposaba en la cama de al lado. Los primeros días sólo nos intercambiamos educados saludos y alguna que otra pregunta banal que respondimos con monosílabos. Luego supe que me estaba estudiando. Un buen día comenzamos a construir frases más largas y  al poco rato ya estábamos charlando animadamente y riéndonos. Llegué a olvidar que me encontraba en una habitación de hospital, acompañando a mi madre en sus últimos momentos de vida. Esperaba ansiosamente la cotidiana cita y salía antes de trabajar para acudir a ese laboratorio de emociones situado en la quinta planta del centro hospitalario.

                Me contó muchas historias de todo tipo: divertidas, tristes, melancólicas… Yo le correspondí hablándole de mis actividades diarias: aspectos de mi trabajo, mi vida familiar, mis miedos, mis proyectos...  sin saber que eso era parte de mi formación. Aprendí a escuchar, a mirar a los ojos, a provocar sentimientos sinceros. Supe que un devorador de tristeza es una de esas personas que continuamente demuestra buen humor y optimismo; que contagia entusiamo por doquier y que aparentemente nunca está apesadumbrado. Él era uno de ellos.  Inagotablemente dispuesto a prestar la máxima atención a las preocupaciones de los demás y recoger parte de sus cargamentos de amargura. Pero su depósito anímico estaba demasiado lleno de pesares y por eso estaba allí. Los médicos le hacían todo tipo de pruebas que sistemáticamente concluían con resultados negativos. No sabían lo que le aquejaba. Sin embargo él conocía perfectamente la causa de sus males. Era consciente de que muy pronto su solución emocional quedaría saturada de pena y con ello llegaría su inevitable final. La mayor parte de las visitas que recibía acababan contándole sus propios quebrantos, administrándole nuevas dosis de desconsuelo que absorbía con resignación e incluso con placer. 

                Me dijo que su especie estaba en serio peligro de extinción y que si finalmente ésta se producía, el mundo estaría condenado. Hasta hacía poco, se convocaban reuniones periódicas entre individuos para realizar trasvases emocionales que los aliviaban a todos. Era lo más parecido a destruir angustia. Pero últimamente la desolación reinante estaba acabando con algunos y apenas acudía savia nueva. Ya no daban abasto y muchos caían fruto de indigestión de desdicha.

                No supe que sería mi último día en su compañía, a pesar de que fue la única vez que me despidió con un simple “adios.” No capté la señal. Esa madrugada mi madre falleció y con toda la vorágine de acontecimientos posteriores no tuve ni un instante para recordarlo. Cuando todo se calmó, su imagen volvió a mi mente y comprendí la importancia de lo que me había enseñado. fui de nuevo al hospital y al no encontrarlo en su cama me acerqué al puesto de información. Me quedé con la boca abierta sin poder pronunciar palabra. Habíamos mantenido conversaciones durante más de tres meses y ni siquiera sabía su nombre… Por lo visto él sí conocía el mío, pues una vez que pude indicarle a la enfermera la persona a la que estaba buscando, ella me preguntó cómo me llamaba, para entregarme a continuación un papel mientras me anunciaba la muerte de mi desconocido amigo. La nota era muy escueta pero absolutamente clara:

"¡Buena suerte! y ¡Buen provecho!”

Tras haber cogido el testigo, llevo más de dieciocho años tratando de cumplir con el encargo encomendado y hoy comienzo a sentir los primeros síntomas de empacho. Mantengo contacto con otros como yo, pero cada vez somos menos.

Si te sientes identificado; si eres considerado por tu entorno como aquél con el que se pueden compartir aflicciones, dispuesto a regalar sonrisas, privado del derecho a sentirse apenado, entonces confío en que tarde o temprano contactemos contigo. De ello depende que el torrente de pesadumbre no lo inunde todo y acabe por ahogarnos.

domingo, 14 de octubre de 2012

Balance final

Maridaje musical: "In the air tonight" (Phlil Collins) enlace yotube



El griterío producía escalofríos. Ante sus ojos se dibujaba un amasijo de hierros, sazonado con carne y vísceras, que le erizaba el corazón. Durante los primeros segundos, afectado por el shock, no hizo otra cosa que deambular de un lado a otro del vagón, ajeno al entorno de desolación que se le presentaba. Recordaba estar adormecido cuando salió despedido de su asiento golpeándose la cabeza al colisionar con el pasajero que ocupaba la plaza frente a él. Quedó momentaneamente aturdido al lado de un cuerpo inerte; sin saber a ciencia cierta si lo que estaba viviendo era real o una horrible pesadilla. Experimentó un leve mareo al levantarse y comprobó que tenía una brecha en la ceja como consecuencia del impacto.

                Una vez que se serenó, se puso un pañuelo a modo de venda y comenzó a prestar los primeros auxilios. Como médico estaba capacitado para valorar la situación de los heridos, cumpliendo a rajatabla la norma de atender primero a aquellos que tenían alguna posibilidad, para posteriormente ocuparse de los que consideraba prácticamente desahuciados. Otros viajeros colaboraban en la tarea, obedeciendo escrupulosamente sus órdenes.

                Estaba tan impresionado por el suceso, a la par que concentrado socorriendo a las víctimas, que le llevó un tiempo reparar en que viajaba acompañado de su reciente esposa. De hecho, precisamente estaban disfrutando de su luna de miel en el Orient Express. Empezó a llamarla de modo desesperado hasta que una débil respuesta le vino del pasillo que llevaba a los lujosos baños.  La encontró tendida boca arriba, con una fuerte  hemorragia en el muslo además de otros dos pequeños regueros de sangre que manaban de nariz y oídos. Mientras se disponía a ayudarla, sus ojos se posaron en un cuerpo cianótico que pertenecía a un bebé de no más de un año. Además de la coloración azul el pequeño también sufría convulsiones. Se le presentó entonces un terrible dilema: ¿De quién debía ocuparse en primer lugar?  Sabía perfectamente la respuesta, pero en su caso ésta era extremadamente difícil de aceptar. No obstante, se mantuvo fiel a su juramento hipocrático, centrándose en el niño hasta que otro médico le dio puntual relevo en la labor de reanimación. Para cuando volvió con su amada era ya demasiado tarde y tan sólo pudo despedirse de ella con un apasionado beso que no obtuvo recíproca respuesta.

                Fueron treinta y seis los fallecidos en el fatal accidente, entre los que también se encontraban los padres de la criatura. Ligados, al haber sufrido ambos la pérdida de lo más preciado, se convirtió en su tutor y le proporcionó sustento hasta que alcanzó la mayoría de edad. A partir de ese momento fueron perdiendo el contacto de forma paulatina. 

Por su parte, aquel siniestro día supuso el inicio de una macabra competición contra la muerte, cuyo objetivo era tratar de retrasarle la apropiación de la mayor cantidad de almas que pudiese. Se entregó de pleno a la investigación médica, aplicando novedosos tratamientos y realizando arriesgadas intervenciones a pacientes terminales para conseguir su completa recuperación. Hasta hoy había salvado nada menos que a noventa y ocho personas. Eso le daba un saldo a favor de sesenta y dos, por lo que no tuvo más remedio que aceptar el hecho de que en realidad la pérdida de su mujer había sido beneficiosa para el mundo, aunque para él hubiese significado condenarse voluntariamente a una esclavitud al servicio de la sociedad. Se sintió inquietamente feliz por la victoria en tan singular partida e inició el esbozo de una sonrisa triunfal que no llegó a completarse, debido a la fotografía que mostraba en ese instante el televisor de la cafetería del hospital: Su "protegido" era el autor de una matanza provocada mediante un devastador ataque suicida. El balance de víctimas inocentes alcanzaba precisamente la cifra de sesenta y dos, a las que había que sumar una muerte más: la del propio terrorista.