viernes, 1 de julio de 2016

Ajuste de cuentas

Maridaje musical: "Entre dos aguas" (Paco de Lucía) enlace youtube




La solapa del sobre emitió un ronroneo mientras la despegaba acariciándola con sus delicadas manos de dedos finos, culminados por capiteles en forma de uñas en las que se hacía presente una perfecta manicura francesa. A su lado, apoyado en la cama, reposaba un ramo de rosas rojas. La carta no era la típica tarjeta de felicitación que suele acompañar este tipo de presentes florales, sino que se antojaba bastante más extensa. El remitente resultaba tan conocido como querido, pues no en vano había sido una pieza esencial en el nuevo giro que había dado su vida. Ella, por su parte, también había aportado su contribución en la formación médica de su salvador. En algún momento consideró ese aporte formativo como una especie de inversión, cuyos réditos acababa de obtener tras la intervención quirúrgica a la que había sido sometida.

            Conforme desdoblaba la hoja manuscrita, una nueva mirada a las rosas dibujó en su cara una tierna sonrisa mezcla de admiración y orgullo.


1 de Julio de 2016

Querida Sara,

       Tras varias semanas desde que te comuniqué el alta médica, he decidido enviarte este ramo de rosas como despedida y petición de que no trates de ponerte en contacto conmigo nunca más. Quizá te sorprenda esta brusquedad, pero en cuanto termines de leer estas líneas, entenderás que todo este proceso ha sido para mí una prueba tan dura como la que tú misma has pasado, aunque con una notable diferencia: tu completa ignorancia sobre la información que yo custodiaba con enorme esfuerzo y de la que hoy te hago partícipe.

       Supongo que el nombre de Rodrigo Salazar te trae recuerdos amargos no demasiado lejanos. Discúlpame por sacarlo así, a traición, pero lo considero absolutamente necesario. La versión “oficial” fue que te agredió y violó. Conseguiste que pagase por ello, no sólo siendo expulsado de la Facultad de Medicina cuando cursaba el último curso, sino ingresando también en prisión por tan abominable acto. Entiendo que en aquella época consideraste que había arruinado tu vida, mas no mediante la acción por la que fue condenado, sino por una chiquillada urdida por un par de colegas de la facultad; una broma, admito que pesada, hacia una profesora joven, de muy buen ver, de la que creían estar enamorados. Sí, recalco lo de un par de colegas. Porque aquella carta de amor describiendo fantasías sexuales que introdujimos en tu bolso, la escribimos entre Rodrigo y yo, aunque fuese su letra la que descansaba sobre el papel. El azar fue el juez condenatorio de Rodrigo al elegirlo como escriba. Obviamente nos equivocamos y no fuimos capaces de medir las consecuencias que se derivaron de aquella acción. Encendimos una mecha que detonó un barreno no calculado. Quién podía prever que tu prometido encontrase la carta antes que tú y que sus desmesurados celos le impidiesen creerte, quebrando vuestra relación. Si hubiésemos sabido eso a tiempo… Pero tu afán de venganza ocultó esos hechos y cuando yo lo supe era demasiado tarde. Rodrigo había dado con sus huesos en la cárcel por un delito demostrado aunque no cometido. No te costó demasiado averiguar al autor de la misiva. Él tenía una caligrafía muy característica. Eso y la cantidad de exámenes nuestros en tu poder fue suficiente para hacer la identificación.

Lo que vino después quedó entre Rodrigo y tú. Una cita de una profesora a un alumno enamorado; una relación sexual consentida y unas lesiones auto infringidas, constituyeron el maquiavélico plan que aportó pruebas condenatorias irrefutables. No me cabe duda de que tu corazón ya estaba enfermo por aquella época.

En cualquier caso yo soy tan culpable como tú, por no haber podido desmontarlo todo. Cuando Rodrigo me habló de su cita contigo, pensé en lo afortunado que había sido al escribir él la carta. Incluso sentí envidia. ¡Qué iluso! Después, ya era demasiado tarde y nadie hubiese creído a un chico desesperado, capaz de hacer cualquier cosa por salvar de la cárcel a un amigo. No encontré solución y me dejé convencer.

“Ya es demasiado tarde. No puedes salvarme. Sólo conseguirás que te echen de la facultad a ti también” – me decía ante mis intenciones de contarlo todo.

El paso de Rodrigo por la cárcel lo cambió. Su vida era la medicina. Sin embargo jamás te guardó rencor. Constantemente decía que en realidad sí era culpable. Procuró mantenerse alejado de ti y siempre fue un férreo freno ante mis deseos de venganza. Estoy convencido de que terminé la carrera gracias a él, pues parecía revivirla en mi persona. Estudiaba por su cuenta y me obligaba a entregarle los enunciados de los exámenes para resolverlos. Se convirtió en un médico mejor que yo, pero desprovisto de título alguno.

Hace unos meses, una vez más, me dejé convencer por él cuando acudiste a mí con tu dolencia. Imagínate mi encrucijada. Tratar a la persona que más odiaba en este mundo. Intentar salvarle la vida a quien había destrozado la de mi mejor amigo. Me negué en redondo, deseando tu muerte. Aclamando a una justicia divina que por fin iba a darte tu merecido. Sin embargo, Rodrigo estaba de tu parte y me amenazó con retirarme su amistad si no te ayudaba. Aún se sentía responsable. No lo podía creer. El resto ya lo conoces. Muy a mi pesar, hice todo cuanto estaba en mis manos para que te recuperases y aquí estás, completamente restablecida. No me lo agradezcas a mí.

El momento de la intervención fue el peor de mi existencia. Solo unas horas antes me comunicaron el fallecimiento de Rodrigo. La nota que me dejó escrita supone un ajuste de cuentas contigo. Cumplí, una vez más con sus deseos e hice mi trabajo. Ya nada me obliga hacia a ti y por eso me despido para siempre.

Lo único agradable que puedo decirte es que ahora sí tienes un gran corazón.


Dr. Claudio Suárez Calvo

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