miércoles, 3 de febrero de 2016

Alma altruista

Maridaje musical: In Zones (Win Mertens)




Me llamo Jacques, aunque he tenido muchos otros nombres. Soy médico y tengo más de trescientos años a pesar de que mi aspecto actual es el de un varón de no más de cuarenta. ¡Sí!, ya sé que es increíble, pero es absolutamente cierto. Mi vida, o quizá debiese decir mis vidas, se suceden una tras otra. No soy eternamente joven, sino que mi organismo evoluciona siguiendo una especie de movimiento armónico. Es decir, envejezco hasta una cierta edad y a partir de ahí el proceso se revierte volviéndome cada vez más joven hasta más o menos alcanzar la treintena, momento en el que comienza de nuevo el envejecimiento. Esto no ha sido así siempre y hoy, me dispongo a contar mi historia.

            Vine al mundo un 15 de Enero de 1702. Aquel invierno fue especialmente duro, con nevadas que se sucedían una tras otra, como eslabones de una cadena de frío. No daré ningún detalle de mi infancia, pues carecen de importancia en relación con lo que quiero contar en esta narración. No obstante, mencionaré que mis padres gozaban de una excelente salud económica y pudieron darme una carrera. Así en 1722, con tan sólo veinte años, me convertí en médico. Ese fue sin duda el primero de los hitos de mi vida y uno de los más importantes. Por aquella época poco imaginaba yo que mi existencia se iba a desarrollar de forma prácticamente ilimitada.

            Diez años después de mi graduación nació Santiago, mi primer y único hijo. Su madre tuvo la desgracia de morir en el parto, así que junto con el infinito amor que se le profesa a un hijo, volqué en él todo el destinado a mi esposa. Nunca volví a contraer matrimonio. Santiago tuvo una vida feliz, a pesar de que me dejó a la edad de 12 años. Desde que cumplió los siete, casi siempre estaba enfermo. Cualquier pequeño resfriado le causaba enormes problemas respiratorios; fiebres altas e incluso ligeras hemorragias en nariz y encías. Durante todo un lustro luché contra esa enfermedad. Día a día me dedicaba a realizar investigaciones con el objetivo de descifrar el mal que le consumía, para poder ponerle remedio. No necesitaba ejercer la medicina para vivir, así que cada jornada se componía de tres actividades: mañanas de estudio; tardes de juegos infantiles y noches de experimentación. Dormía apenas cuatro horas al día, pues sabía que estaba librando una batalla contrarreloj frente a un enemigo desconocido, al que no identifiqué con un nombre hasta un siglo más tarde.

            Los últimos momentos de Santiago en este mundo fueron especialmente duros para mí. Mientras se encontraba inconsciente y agonizante, quemé todas mis naves administrándole una dosis de la substancia experimental en la que llevaba meses trabajando. Fue mi última baza contra la muerte y la perdí. En un ataque de locura, mezcla de desolación y culpabilidad, procedí a realizarme una transfusión con su sangre, intentando acabar también con mi vida. Aunque aún no eran conocidos los diferentes grupos sanguíneos, yo estaba seguro de que esa acción sería fatal para mi salud. Desconozco porqué elegí esa forma para intentar suicidarme. Supongo que estaba demasiado desequilibrado y no me parecía un mal final partir en compañía de mi amado hijo, con su propia sangre corriendo por mis venas. Los científicos tenemos fama de excéntricos,  incluso en los momentos más desesperados. Así pues, me recosté al lado del cadáver de Santiago, aún tibio, convencido de que mis ojos no volverían a ver la luz del sol.

            Más de un siglo después se bautizó al culpable con el nombre de leucemia. Eso  aportó un rostro contra el que luchar. Aunque fui el principal responsable, oficialmente no tuve mucho que ver. Simplemente era uno más de los que se encontraban por allí. Un médico de laboratorio común e invisible. Como comprenderéis, teniendo en cuenta mi capacidad, no procede alardear de ella ni mucho menos sobresalir. Lo más importante es pasar absolutamente desapercibido y eso es lo que vengo haciendo todo este tiempo. El caso de la leucemia no es el único, sino que puedo asegurar que estoy detrás de gran parte de los avances médicos en esa y otras enfermedades que afectan fundamentalmente a la población infantil. La muerte de Santiago me proporcionó esta especie de pseudo-inmortalidad, lo que me obliga, en justa contrapartida, a mantenerme vivo; a salvo de cualquier accidente; evitando ser descubierto y luchando para que llegue el día en que nadie más fallezca por culpa de ese maldito cáncer que me mutiló el alma hace más de doscientos inviernos.
           
            Cuando desperté a la mañana siguiente de la muerte de Santiago, la mayoría de mis recuerdos recientes estaban difusos. Pensé que quizá todo había sido un sueño y que mi hijo, inmóvil a mi derecha, abriría sus ojos en unos instantes para darme un beso de buenos días. Lamentablemente eso no sucedió y certifiqué una vez más que estaba literalmente exánime. Mi patológica curiosidad investigadora fue lo que evitó que no terminase drásticamente con mi vida allí mismo. Quería saber cómo habría de afectarme la sangre de Santiago, mezclada con la substancia que previamente le había inyectado yo mismo en tal cantidad, que tuve que extraerle parte de su plasma sanguíneo con anterioridad a la administración de ese tratamiento descabellado.

            Esperé en vano durante semanas un empeoramiento en mi salud. Ésta, lejos de deteriorarse, era cada vez mejor. Mi cuerpo, externamente, tenía el mismo aspecto, pero mi interior era mucho más ágil, dotado de una vitalidad más propia de un adolescente que de un hombre de cuarenta y dos años; edad avanzada para la época. En aquellos días tuve una conversación reveladora con uno de mis mejores amigos. Él vino a visitarme con la intención de hacerme algo de compañía y servirme de apoyo en tan duros momentos. Recuerdo haberle comentado, con cierto remordimiento, que el dolor por la pérdida ya no se me hacía insoportable. Era como si Santiago estuviese dentro de mí; como si su alma se hubiese instalado en mi cuerpo. Sentía su energía vital y ésta era la que me movía. Tenía las pilas más cargadas que nunca. La idea del suicidio desapareció de mi cabeza y mi conciencia me encomendó aplicarme en cuerpo y alma a la lucha contra la mortalidad infantil, representada por la afección que me había arrebatado lo más querido. Sin embargo, algo impensable estaba por llegar.

            Dicen que cuando observas a una persona todos los días, no ves en ella cambios apreciables, pero si dejas de verla durante una temporada, éstos se hacen mucho más evidentes. Uno no puede ver el crecimiento de una planta de manera continua, pues la diferencia en cada segundo es tan pequeña que la variación instantánea es inapreciable. Sin embargo si cerrásemos los ojos durante unas semanas, al volver a abrirlos notaríamos la evolución con gran nitidez. Eso fue lo que les pasó a mis conocidos menos cercanos. Esos que veía una o dos veces por año fueron los primeros que se sorprendieron de mi aspecto y me halagaban diciéndome que cada vez estaba más joven. Por aquellos tiempos aún no había fotografía, así que trataba de recordar exactamente mi aspecto de mes en mes. Me escrutaba en el espejo cada mañana; registraba las arrugas de mi rostro, cuello y manos y las apuntaba convenientemente en un cuaderno. De esa forma fui corroborando cómo iban desapareciendo. El rejuvenecimiento se hizo muy evidente con el paso de los años, fundamentalmente por el contraste con el envejecimiento de mis amigos y familiares. Éstos iban muriendo mientras mi juventud era insultante y comenzaba a levantar ciertas sospechas. Cuando ya no quedaba más que un puñado de conocidos, me fui. Comencé una nueva vida en otro lugar. No hacía falta mucha distancia. Cogí un barco y cambié de continente. Desconozco si alguien me buscó o si me dieron por muerto.
           
            Con mis conocimientos médicos no me fue difícil establecerme y vivir, así que no tuve demasiados problemas en empezar de nuevo, como una persona que apenas superaba la treintena. En unos meses conseguí montar un laboratorio para ejercer otra vez mi labor investigadora. Pero esta vez lo hice, sobre el “bien” que me aquejaba. Muchas preguntas me asaltaban: ¿Llegaría a ser un niño o un bebe? Y si eso ocurría ¿Qué sería de mí? ¿Cómo me las iba a arreglar? Los cambios eran sólo físicos y no mentales o intelectuales. Me había convertido en el treintañero más sabio del universo.
           
            Construí un nuevo círculo de amigos. Era muy querido en la ciudad, quizá demasiado, y ya me hacía a la idea de que en algún momento debería de volver a emprender un viaje sin retorno. Sin embargo no fue necesario. Mi rejuvenecimiento se revertió cuando aparentaba no más de veintisiete. En ese instante parece que se extinguió mi elixir y mi cuerpo comenzó a evolucionar en la dirección correcta.

No me resultó traumática la vuelta a la normalidad vital, pues hizo innecesaria la huida. Por segunda vez tenía casi toda mi existencia por delante y me apliqué con intensidad a la lucha contra las enfermedades propias de los más pequeños. De todas formas siempre lograba apartar al menos un par de horas al día para tratar de descifrar la clave exacta de mi rejuvenecimiento temporal. Estaba claro que dicha clave se escondía en la transfusión que me apliqué el día que murió Santiago, pero no lograba reproducir la situación ni traer de nuevo esa propiedad a mi cuerpo. Me inyecté la misma substancia que administré años antes a mi hijo, pero sus efectos fueron inocuos, si exceptuamos las dos jornadas de extremo cansancio que me sobrevinieron. Después, la mezclé con sangre extraída de compañeros que estaban al tanto de mis investigaciones. Al principio eran reacios, pero una vez convencido el primero, los demás se mostraron receptivos al ver que las extracciones no producían efectos nocivos. Realmente fui un temerario. Faltaba más de un siglo para la clasificación de los grupos sanguíneos y mi ignorancia me llevó a diluir sangre de diferentes tipos con la mía. Afortunadamente, la famosa pócima, fruto de mi creación, tenía la propiedad de evitar el rechazo, como pude comprobar mucho más adelante en el tiempo. Tras varios intentos fallidos llegué a la conclusión de que la única sangre válida había sido la de mi propio hijo. Tenía sentido. Un hijo y su padre deben poseer cosas en común que encajan. ¡Ah!, si hubiese sabido en ese momento lo que ahora sé de genética… No disponía de sangre de Santiago, así que abandoné, resignándome a no disfrutar de más “juventudes”.

En la primavera de 1800, siendo ya un hombre entrado en canas que sumaría unos 58 años, descontados los treinta que había pasado en la regresión, a razón de quince hacia atrás y otros tantos hacia adelante, uno de mis colegas, con el rostro desencajado, me trajo a su hija de apenas unos meses. Tenía los mismos síntomas que Santiago y mis peores presagios se confirmaron. Era sin duda mi vieja enemiga que volvía a desafiarme. Habíamos conseguido algunos avances, pero aún era demasiado pronto, incluso para su identificación. Volví a dar palos de ciego que ni siquiera se acercaron a impactar contra el objetivo. En la pequeña Silvia, la enfermedad fue aún más galopante y en tan sólo dos meses su corazoncito dejó de latir mientras reposaba entre mis brazos. Cuando ya se encontraba a punto de expirar, cometí una locura que habría de cambiar, una vez más, mi recurrente vida.

Supongo que fue la desesperación y el volver a revivir en aquella niña la pérdida de mi propio hijo, lo que me impulsó a efectuar el mismo ritual que había seguido hacía más de cinco décadas. Le inyecté la vieja fórmula a Silvia y una vez que su corazón dejó de latir, con su pequeño cuerpecito aún caliente, volví a transferirme una abundante dosis de su flujo sanguíneo. Lo que ocurrió después ya lo conocéis.

Aquella insensatez me abrió definitivamente un pasadizo temporal hacia la juventud. Podría utilizarlo siempre y cuando tuviese a mi alcance algún niño o joven aquejado de leucemia. Su sangre combinada con mi substancia en casi cualquier proporción, obraba el milagro. Aún así, pasó algún tiempo hasta que di con el protocolo correcto. Se debe administrar el suero catalizador unos minutos antes de la muerte del individuo. Una vez producida ésta sólo se dispone de seis horas para realizar la transfusión al receptor vivo. La consecuencia: un trasplante de alma. A continuación se inicia el proceso y si el alma recibida es más joven que la propia, la substituye. Mi primitiva substancia atrapa la energía vital del moribundo; lo que familiarmente se denomina alma. Una vez producido el deceso, consigue retenerla en la sangre durante unas horas, de manera que pueda transferirse.

Tanta preocupación por poseer cuerpos y resulta que la clave es la posesión de almas. El alma es la responsable absoluta del envejecimiento. Conforme se va marchitando con la edad, nuestro cuerpo se va secando desde dentro; arrugando y en definitiva caminando hacia la muerte. Sin embargo un alma joven y energética es capaz de invertir el proceso. Pero no lo hará eternamente, sino hasta que se alcance el punto de sincronía entre las edades de alma y cuerpo. A partir de ese punto, vuelve la normalidad.

            Hoy, cuando han discurrido más de tres siglos desde que nací, sigo con mi guerra particular contra mi mayor rival. Durante el curso de la misma he realizado enormes avances y descubrimientos en el campo de la medicina. Soy el responsable de varios premios Nobeles otorgados a otros. La clave para no ser descubierto es pasar desapercibido y no buscar ningún tipo de protagonismo. Convertirse en “uno menos”. Proporcionar pistas muy claras para que otros las descubran. Manipular experimentos ajenos, dejándolos al borde del éxito. He cambiado muchas veces de nombre y de lugar. Las nuevas tecnologías, si se saben utilizar, son una herramienta extraordinaria para esconderse; para cambiar de identidad; para ser otro;… Todos mis lazos familiares se han disuelto en otra época y no hago grandes amigos.

A veces tengo remordimientos por atrapar almas ajenas de niños a los que no he podido curar. Dios sabe que intento salvarlos con todas mis fuerzas y sólo cuando ya no hay esperanzas, hago el trasvase. Es su último servicio a la humanidad y al progreso y aunque suene a crueldad, su muerte tiene alguna utilidad. A pesar de que el suero que atrapa las almas sólo funciona combinado con la sangre enferma de leucemia, no pretendo modificarlo para que sea efectivo en todos los casos. No quiero tener un poder que pueda ofrecerme la posibilidad de perpetuarme. La tentación sería demasiado grande. Tampoco me atrevo a sacarlo a la luz a pesar de que resolvería cualquier problema de rechazo sanguíneo y nos convertiría a todos en donantes universales. Darlo a conocer significaría dejar al hombre cerca de mi secreto y sospecho que no está preparado para que le sea revelado. Quizá nunca lo esté.

Cada vez estoy más próximo a conseguir erradicar ese cáncer como enfermedad mortal. Lamentablemente todavía no lo he logrado, pero el día que lo haga habré vengado a Santiago y a todos los que se han marchado después que él. Simultáneamente, también habré firmado mi sentencia y estaré definitiva y felizmente condenado a envejecer por última vez.

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