sábado, 14 de noviembre de 2015

Geriátrico


Maridaje musical: "Una Mattina" (Ludovico Einaudi) Enlace youtube




Se sienten igual que un coche viejo de camino hacia el desguace. Vislumbran su desconexión del mundo; como si fueran a darlos de baja de la vida. Normalmente ingresan de la mano de algún familiar cercano, que los va empujando con mentiras. Yo soy, por así decirlo, el conductor de alquiler de todos ellos. Un psicólogo encargado de ponerlos en marcha cada día para que sus motores no se deterioren antes de tiempo y sus baterías permanezcan con la carga necesaria para otra jornada. Trato de mantenerlos activos para deleite de sus familiares cuando vienen a visitarlos. Lo hacen con diferente periodicidad e intención. Algunos les muestran verdadero cariño. Otros, por el contrario, acuden igual que si vinieran a una reserva de animales protegidos. Quizá estos últimos estén en lo cierto, pues es indudable que sus vidas se encuentran próximas a la extinción.

Los observo con el mayor detenimiento del que soy capaz. Comencé a hacerlo hace unos meses, cuando uno de ellos me abordó a la entrada del comedor y me dijo:

            - Aquí el tiempo no pasa.

Aquel día me senté sólo en una mesa y no perdí detalle de todo lo que ocurría ante mis ojos. Contemplé una colección de cuadros vivientes desarrollados a cámara súper lenta y asistí a una sinfonía sonora interpretada por cubiertos impactando con la cerámica de un plato de vajilla de saldo; roces de cucharillas girando cansinamente, sumergidas en una taza de café; caricias de servilletas cuyos hilos quedaban enganchados en el cauce de alguna arruga… Lo más extraordinario era esa lentitud que lo impregnaba todo. Separar la silla de la mesa, ganar la verticalidad o dar un paso, parecían acciones que no llegarían nunca a completarse. Era como si estuviese experimentando la célebre paradoja de Aquiles y la tortuga. Ésa en la cual el guerrero aqueo nunca llega a alcanzar a una tortuga a la que le ha dado ventaja, pues sistemáticamente, en el tiempo que invierte en llegar hasta donde ella se encontraba, ésta ha avanzado un pequeño trecho, lo que la mantiene delante. Esa ralentización colectiva me produjo una especie de trance. Me sentí absolutamente sincronizado con ese centenar de ancianos y diría que casi fui capaz de detener la sangre en su trayecto por mis venas. Cuando salí de la residencia descubrí que mi reloj tenía un retraso de quince minutos.

            Desde entonces no pierdo la oportunidad de analizarlos cuando se juntan en una sala y comparten una actividad cotidiana. Me sintonizo con ellos y le voy ganando, segundo a segundo, horas a la vida. Ayer un amigo me dijo que por mí no pasaba el tiempo. Yo sonreí mientras un pensamiento irónico aterrizaba en mi mente: 

“Fíjate tú, si ahora resulta que la eterna juventud, mana de un grupo de octogenarios próximos a la muerte”

2 comentarios: