viernes, 14 de agosto de 2015

Celo

Maridaje musical: Thanksgiving (George Winston) Enlace youtube



Cuando le preguntan de qué trabaja, siempre contesta con una sonrisa en la boca:

            - Soy catavidas

            Para añadir a continuación, a modo de especificación ante la extrañeza del interlocutor de turno:

            - Sí, soy capaz de catar una vida conociendo tan sólo cien metros de ella.

Esto ya deja totalmente atrapado al que lo escucha, que normalmente no sabe a qué atenerse.

En efecto, yo le veo en acción jornada tras jornada y puedo asegurar que es todo un  “sumiller” de existencias ajenas. Conoce cada día a decenas de personas, pero sólo durante unos minutos. En ese breve espacio de tiempo puede llegar a tener una complicidad equiparable a la de una amistad de años. Sin embargo se trata de una amistad efímera; concentrada hasta la mismísima esencia, que nace, se instaura y muere en escasos metros de pasillos, intercalados con subidas y bajadas en ascensores, como agujas que dan puntadas en una trama de galerías, corredores y pasadizos.

La cata comienza generalmente en una habitación. La fase visual es muy importante: el color, semblante y gestos le proporcionan mucha información sobre la situación. Después viene la fase “olfativa”. Ésta ha de ser muy sutil, nada invasiva, dejando que la vida que tiene delante se vaya abriendo por sí misma. Invitándola a que vaya descargando su tensión, procurando volatilizar sus aromas de nerviosismo, desesperación y miedo. No conviene agitarla. Simplemente con un leve empujoncito suele ser más que suficiente. Entonces comienza la fase de análisis. Aquí lo primordial es acompañar, comprender, empatizar... Ser soporte e ir apreciando las sensaciones que le comunica esa existencia. Generalmente basta con una atenta escucha, salpicada de palabras tranquilizadoras. Otras veces un fugaz chiste, una anécdota pertinente, o una conversación aparentemente banal surten un enorme efecto positivo. Así transcurre ese pequeño viaje hacia la esperanza en el cual él produce la energía precisa y el empuje necesario para que esa vida llegue a su destino en una situación anímica óptima.

No ha estudiado psicología, no pretende generar expectativas, se siente feliz con lo que hace y eso es precisamente la clave de su éxito. Con total naturalidad se erige en una férrea rama a la que muchas de esas vidas se agarran cuando creen estar precipitándose por un abismo. Una rama que les detiene en su caída y les infunde valor y confianza. A cambio obtiene un maravilloso “bouquet” de amistad, que va disipándose lentamente.

Y así, entre catas de otras vidas, va saboreando la suya, empujando camillas de un lado a otro, como tantos y tantos celadores de hospital que no recordamos, pero a los que posiblemente en alguna ocasión les hayamos mostrado nuestra esencia más interna en tan solo un centenar de metros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario