miércoles, 1 de julio de 2015

Redentora









Decía mi mejor amiga que mi vida era una borrasca continua, pero que siempre dispuse de un buen chubasquero para que el agua no me calase hasta los huesos. Muchos creían que no había tenido mucha suerte, que había tropezado demasiadas veces. Pero lo cierto es que todos los tropezones me han hecho dar un paso largo y avanzar. No sé quién dijo que cada patada supone un nuevo impulso. A mí me han dado muchas patadas… Así que he llegado mucho más lejos que la mayoría. De alguna forma, esos golpes del destino me han hecho fuerte. Me he levantado tantas veces, que ya no me dan ningún miedo los reveses que me pueda deparar el resto de mi vida. Mi abuela decía:

“Si todo se derrumba en tu vida, no permitas que los escombros sepulten tu alma, pues ella será el salvoconducto para empezar de nuevo.”

Soy distinta a todos. Tengo la suerte de ser una elegida. Me he pasado media vida aprendiendo, forjándome hasta convertirme en una especie de Superheroína, cuya misión es servir a los demás. Vivimos en un mundo que es una jaula. Lo que aquí llaman libertad no es más que colocar los barrotes lo suficientemente lejos para que no los veamos. Yo me ocupo de proporcionar la verdadera libertad.

La gente detesta el miedo; lo evita; ansía no tenerlo. A mí el miedo me ha ayudado en innumerables ocasiones. He tenido miedo muchas veces… Y lo seguiré teniendo. Lo importante es que él nunca me tenga a mí. Aquello que es temido, tiene los días contados.

            Mi aprendizaje comenzó muy pronto. Perdí a mi madre con apenas siete años y me quedé sola con mi padre. Su cariño fue bastante atípico para un progenitor. Lo más parecido a una caricia en el rostro que recibí de él, me la aplicó bruscamente con el dorso de la mano. Los besos que me dio surgían del fondo de una botella de whisky. Puedo decir que mi virginidad se quedó en la familia. De todos modos no le guardo rencor, porque era la forma que tenía de pedirme ayuda, aunque yo aún no estaba preparada para proporcionársela. No me dio tiempo y un buen día me lo encontré en el garaje de casa, balanceándose como un péndulo unido al techo mediante un cinturón de cuero, a modo de cordón umbilical conectado con la libertad. Me dio pena y ese día aprendí que la muerte nunca te separará de las personas a las que amas. Si acaso, será la vida la que lo haga.
            Pasé mi adolescencia en un orfanato, que me hizo añorar la vida con mi padre. Pero allí descubrí que lo importante es que los demás te crean poderoso. Lo fundamental es disponer de las mejores armas y hacérselo saber a los otros, porque de esa forma, no necesitarás gastar munición.

Con dieciocho años me vi en la calle, completamente sola y creedme si os digo que de alguna forma, eché de menos a mis carceleros del hospicio. Si no tienes a nadie dispuesto a buscarte cuando te pierdas, entonces estás perdida. Yo no lo tenía y me perdí. Encontré a  un chico que parecía muy agradable. Me fui a vivir con él y ese fue el inicio de la segunda fase de mi formación. Cuando me di cuenta, mi existencia dependía de una jeringuilla que puntualmente debía suministrarme mi dosis diaria de muerte. Tuve que prostituirme para conseguir pagarme ese tratamiento. Aquello no  fue más que una nueva purga en mi vida. Ahora sé que yo era como un radiador de esos que deben purgarse para llegar a proporcionar calor a los demás.

Gracias a una compañera y amiga salí de todo aquello y con ella descubrí que cuando crees que ya no puedes más… Todavía puedes creer; que quitar la gravedad a los problemas, hace que pesen mucho menos; que entre dos personas que se quieren no hacen falta muchos abrazos, sino que es suficiente con uno que se intercambie con frecuencia.

Hace apenas una semana supe que ya estaba preparada. Fue durante una excursión con mi amiga del alma. Hacía un día espléndido y subimos al risco más alto de la región. Al llegar nos sentimos en la auténtica cima del mundo. Mientras nos arrimábamos un poco más al borde del abismo, ella me dijo:

“Cuando estoy en este tipo de situaciones me asalta una necesidad casi irrefrenable de saltar al vacío; de atreverme a dar un pequeño paso más; un minúsculo avance y ya no hay marcha atrás…”

Después de todo lo que había hecho por mí, encontré la forma de corresponderle mientras aproximaba mi mano hacia su espalda. Fue un “accidente que le dio la auténtica libertad”.

Tengo apenas veinticinco años y ya es hora de comenzar a pagar con mis servicios todas las enseñanzas que me ha dado la sociedad. De corresponder al prójimo como se merece. De liberar al mundo de esa cárcel que llaman vida. Hoy mismo he hecho de nuevo una buena acción. Esta vez ha sido mi vecino. Se ha portado tan bien conmigo que no tuve más remedio que sacarle de su prisión.

Cuando abrió la puerta se sorprendió al verme. Apenas dibujó la sorpresa en el rostro, se la borré con una profunda cuchillada que le traspasó el cuello. La punta del arma colisionó contra sus vértebras cervicales y rebotó hacia atrás, escupiendo la hoja junto con un borbotón de sangre. Esa inercia me ayudó a sacar el cuchillo para volver a hundirlo una y otra vez en cara, pecho y abdomen. Parece fácil apuñalar a un hombre cuando se ve en las películas, pero la realidad es muy distinta. Llegar al corazón no es tan sencillo, pues la caja torácica impide que se pueda profundizar demasiado, sobre todo si no se atina con los espacios intercostales, cosa harto difícil para una principiante como yo. El abdomen resulta un lugar más acogedor para las armas blancas, así que me centré ahí hasta quedar completamente agotada. Aún no tengo mucha práctica, pero ya la iré cogiendo. Por fin me he dado cuenta de la razón de mi existencia. Continuaré sacrificándome por los demás y me quedaré en este mundo todo el tiempo que  pueda. Mientras tanto, ayudaré a bajarse de él a la mayor cantidad de gente que me permitan.

Me he tatuado el lema que habrá de guiar mis pasos:

“Cuando todo es locura, toda locura todo lo cura”

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