jueves, 13 de noviembre de 2014

Retorno funesto

Maridaje musical: Closing (Philip Glass) enlace youtube




Cuando hizo la incisión con el cuchillo se llevó una sorpresa. Nunca habría imaginado que dentro del calamar de tamaño medio que acababa de adquirir, hubiese otro más pequeño.

-          ¡Como las matrioskas rusas! – se dijo, dejando escapar una carcajada

A continuación procedió a eviscerar éste último para ver si la sucesión continuaba, pero comprobó que sólo tenía dos elementos. Parece ser que este tipo de moluscos  posee una enorme voracidad y con frecuencia se fagocitan entre sí, amén de otros objetos nada nutritivos que pueden colarse por su boca. Una limpieza exhaustiva antes de la preparación es aconsejable para no llevarse sorpresas de “mal gusto.”

Los chipirones encebollados constituían su plato favorito y también el de su marido. No los había encontrado en la pescadería y decidió comprar un calamar mayor para prepararlo de la misma forma.

Era sábado; un soleado sábado de abril y se sentía muy feliz. Su esposo se jubilaría en tan sólo un par de semanas y ya lo estaba celebrando cada día. A priori, este hecho no iba a cambiar demasiado su cotidianidad, pues Juan trabajaba en casa. Era gemólogo y tenía el taller en su propio domicilio. Llevaba más de cuarenta años engarzando joyas y había llegado el momento de clausurar el negocio. No tenían hijos, así que nadie continuaría con la tradición. Curiosamente lo que más echaría de menos sería la posibilidad de ver de cerca diamantes, zafiros, rubíes y demás piedras preciosas. A veces imaginaba que eran suyas y se enjoyaba de arriba abajo. Esto a Juan no le gustaba demasiado, pues siempre temía que pudiese ocurrir alguna desgracia.

- ¡Mira que eres exagerado eh! ¿Qué va a pasar aquí en casa, justo al lado de la caja fuerte? Además, ¿quién se va a enterar?

- ¡Yo qué sé Elisa! Ya sabes que el diablo nunca duerme – le contestaba él sonriendo.

En unos quince días aproximadamente, todas esas alhajas desaparecerían para siempre de su vida y  presumiblemente ninguna otra acudiría, ni siquiera de visita. 

De entre todo lo que Juan tenía pendiente antes de echar el cerrojo, destacaba un enorme diamante destinado a ser el deslumbrante protagonista de una sortija de oro blanco. Se trataba de una piedra del tamaño de un garbanzo. Elisa llevaba tiempo dándole vueltas en la cabeza a una idea que en un principio le pareció una locura. Tenía una amiga que siempre había querido ver de cerca, e incluso tocar, un diamante de los buenos. Hacía unos meses que le habían encontrado un quiste maligno en una mama y estaba ingresada en el hospital, convaleciente de la operación a la que le habían sometido para extirparle el tumor. Aprovechando que iría a visitarla, se le ocurrió que podría llevarle la piedra preciosa para que la viese. Seguro que le haría mucha ilusión. No podía pedirle permiso a Juan, pues ya conocía de antemano la respuesta. Quizá en otra situación no se hubiese atrevido a dar ese paso, pero teniendo en cuenta las circunstancias, no lo dudó mucho tiempo. Llevaría el pedrusco a buen recaudo en el bolso. No podía pasar nada. Además estaría muy poco tiempo fuera. Justo la duración del viaje en el pequeño ferry que separaba Fuerteventura de Lanzarote. Entre la ida, la visita y la vuelta, no pensaba invertir más de dos horas.

El martes, aprovechando que Juan había ido a entregar unos trabajos ya finalizados, realizó la maniobra. Todo estaba saliendo estupendamente. Clara, la amiga de Elisa, disfrutó muchísimo. En su estado, fue un inolvidable regalo que la emocionó sobremanera. En el viaje de vuelta, mientras recordaba la expresión de Clara reflejada en las caras del diamante maravillosamente tallado, como si de un caleidoscopio se tratarse, Elisa se convenció de que había merecido la pena asumir ese pequeño riesgo. 

En la cubierta del barco, apoyada en la barandilla, contemplaba con una sonrisa de oreja a oreja un estupendo atardecer que servía de marco a una estampa pesquera, en la que multitud de pequeños barcos faenaban a cierta distancia. Entonces se dispuso a llamar a Juan. Esperaba que aún no hubiese llegado a casa. Al sacar el móvil del fondo del bolso, el improvisado estuche de cartón en el que descansaba el diamante se enganchó en uno de los adornos de la manga de su chaqueta y saltó por el aire. Todo lo que ocurrió a continuación sucedió en cámara lenta. La cajita del brillante, preludio de un ataúd, giró varias veces en el aire; rebotó en la barandilla, se abrió y se precipitó por la borda  junto con su valioso contenido para ser ambos acogidos por un sosegado océano. Elisa  no pudo articular palabra. Se quedó petrificada y dejó caer el bolso, que impactó en la cubierta del barco sólo unos segundos antes de que lo hiciese su propietaria. 

Cuando despertó, se encontró tumbada en un improvisado lecho fabricado con sillas, rodeada de otros pasajeros que intentaban reanimarla. Tuvo la esperanza de que todo hubiese sido un sueño, pero la realidad se le reveló como la peor de las pesadillas. 

Estuvo deambulando durante horas antes de volver a casa. Pensó en quitarse de en medio, mas no tuvo valor. La angustia era tan grande que ni siquiera dejaba salir la pena al exterior. No podía llorar y se estaba ahogando por dentro. Llegó al  hogar bien entrada la noche.
- ¿Donde te habías metido? ¡Estaba muy preocupado! ¡Te he llamado innumerables veces! ¿Por qué tienes el móvil apagado? -  le dijo Juan cuando entró en casa.

- Fui a visitar a Clara y me entretuve – contestó de forma automática, para añadir a continuación

- No me siento bien. Me voy a acostar. ¿Puedes prepararte tú la cena? 

            Se metió en la cama como quien va a la silla eléctrica, esperando escuchar el grito de Juan en cualquier momento, a modo de descarga, cuando se dispusiese a buscar el diamante para realizar el engarce. Sin embargo nada ocurrió y finalmente sucumbió al sueño. Juan la despertó por la mañana temprano.

            - ¿Cómo te encuentras cariño? Ayer me preocupaste mucho cuando llegaste. ¿Estás mejor?

Elisa asintió con un rictus que pretendía ser una sonrisa, mientras Juan continuaba hablando.

- He aprovechado la noche para adelantar trabajo. Creo que en un par de días terminaré con todo lo que tengo pendiente. Podemos hacer un pequeño viaje para celebrarlo ¿Qué te parece?

Su esposa asintió una vez más con la mirada perdida.

- Debes estar incubando una gripe. Tienes los ojos vidriosos, como si tuvieses fiebre. Hoy tengo que hacer un par de entregas, pero si quieres me quedo para cuidarte.

- No… No. Sólo estoy algo amodorrada todavía. No te preocupes. Enseguida me pongo en marcha. Prepararé chipirones para comer. Llegarás con hambre después de toda la mañana de un lado para otro.

Juan depositó  un dulce beso en su mejilla y salió de casa. Elisa se sintió aliviada. Le costaba mirarle a la cara y le venía bien estar sola. Le atormentaba el hecho de que en un par de días su vida y la de su marido quedarían arruinadas. Pensó nuevamente en el suicidio, pero se le antojó demasiado cruel. Era como abandonar el barco y dejar a Juan completamente desvalido, lo que le parecía incluso peor que el asesinato. Fue en ese preciso instante cuando se le ocurrió la solución. Juan no podía saberlo nunca y ella no podría vivir sin él. Sí, se irían juntos de viaje un poco antes de lo planificado.

            Se vistió, se dirigió a la pescadería y compró una docena de  chipirones frescos.

-  Acaban de llegar ahora mismo directamente del mar – le dijo el pescadero mientras se los envolvía.

Elisa ni siquiera prestó atención a sus palabras y recogió la bolsa de plástico con el pescado para marcharse sin despedirse. Después hizo una pequeña parada en la droguería y adquirió el condimento principal del menú. Nada más llegar a casa se puso a preparar la comida. Se arrastraba literalmente debido al peso del remordimiento ante lo que se disponía a realizar. Algunos de los chipirones fueron directamente a la cazuela sin ser limpiados, sin que ella se percatase de ello. En esta ocasión añadió bastantes especias al guiso para enmascarar el sabor del matarratas, aunque desconocía si tendría algún sabor. Cuando llegó Juan, ya estaba todo dispuesto para comenzar a comer.

- ¡Qué bien!, has abierto una botella de vino y todo. ¿Qué celebramos?

- Bueno, cariño. Pues que  hayamos llegado hasta aquí juntos todos estos años – le contestó Elisa con los ojos inundados.

- ¿A qué viene esa cara? ¡Todavía nos quedan los mejores! – replicó Juan levantando la copa de vino, mientras Elisa servía la comida

            Brindaron por la nueva vida que afrontarían y comenzaron a comer. Elisa se apresuró a meterse un chipirón entero en la boca. Deseaba acabar cuanto antes. Cuando aplicó el primer mordisco al bocado sintió un “crack”, simultaneado con un dolor punzante en una muela.

            - ¡Vaya por dios! Creo que se me acaba de romper un diente. Ahora vuelvo – le dijo a su marido mientras se levantaba de la mesa  para dirigirse al baño.

            Una vez ante el espejo se dispuso a sacar el objeto que se mecía sobre su lengua. Lo cogió con sus dedos y al verlo se quedó atónita. No lo podía creer. Aquello distaba mucho de ser un molar. Milagrosamente tenía en sus manos el diamante perdido. Tardó unos segundos en comprender cómo había llegado hasta allí en el estómago de  un chipirón. Estaba absorta en este pensamiento cuando un ruido producido por las patas de una silla al arrastrarse, la devolvió a la realidad. Corrió de nuevo al salón sin apenas tocar el suelo para estrellarse con la imagen de Juan retorciéndose sobre el parquet; en plena agonía. 

Allí estaba Elisa, mostrando a su marido un enorme diamante que descansaba en la palma de la mano, con  una sonrisa congelada en su rostro, paralizada. Entretanto, Juan experimentaba los últimos estertores de su vida sin comprender absolutamente nada.

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